Venezuela
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| La Gran Sabana, Bolívar. Venezuela. |
Muchos se alejan pero nunca se van, estás en ellos. Te mantienes, comprensiva e incondicional ante tantos romances en lejanía.
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| La Gran Sabana, Bolívar. Venezuela. |
De niño tuve otras abuelas, recuerdo hacía mía las de mis amigos, quizás tener lejos las propias me inspiraba a adoptar figuras similares.
Muy pequeño volvía cada año a Caracas para visitar a mis consanguineas, una suerte que fuesen vecinas de edificios en San Bernardino.
María de Jesús y Carmen Maria, mis dos abuelas de sangre me recibían en la capital, ambas totalmente distintas, una cocinaba, la otra no, una se emperifollaba más, las dos me querían, a las dos las quise.
Una partió a escasos días de mi cumpleaños número 9, estando lejos. Recuerdo su cara, recuerdo sus tajadas en los platos de flores, también recuerdo mi llanto bajo la regadera mientras Isbelys la mamá de Jacobo me consuela, cuando me dijeron había muerto.
Carmen María, la abuela Cotuga se ha ido a mis 38 y estoy más lejos que siempre. Nos vimos en diciembre del año pasado y en febrero de este 2023, sin imaginar sería la última. Nunca se sabe cuando será esa vez.
No es posible recordar cuando le puse Cotuga, a ella le gustaba. Hacía énfasis en su nombre en cada conversa o presentación con alguna persona. Tampoco se la razón del apodo, supongo por la talla de mi abuela, quería yo decir tortuga en pronunciación infantil.
El teléfono beige de botones en el edificio Bolívar sonaba y yo quería que fuese Cotuga. Solo debía esperar, pronto cruzaría hasta la torre Atlántic donde ella vivía, arquitectura que se asemeja a una proa de un barco.
Oscuridad, retratos, cuadros, libros y alfombras, eso recuerdo en se departamento. En su cama saltaba, veíamos televisión, por alguna razón convertíamos el colchón en cuadrilatero de boxeo.
Una lectora real, recuerdo épocas donde siempre estaba leyendo un libro: Cien años de soledad, la Iliada; para mi todos gordos y extensos, yo no compartía el gusto por la lectura por aquellos días.
Con Tica y Nathy juntamos unas cuantas horas de juego. Nos llevaba ventaja en Reto al conocimiento, era buena y se divertía con nosotros. Aquellas tarjetas con preguntas por colores, me recuerdan a ella y esos días.
También nos llevó de paseo en su auto. Íbamos en el asiento de atrás y gozabamos con sus insultos a otros conductores.
El compendio de crucigramas y criptogramas que mi papá compraba cada fin de semana para ella, los devoraba en un santiamén. Muchas veces le ayudé a terminarlos, rayándolos.
En diciembre, cuando estuve en San Cristóbal, subí a despedirme, volvía a Margarita y le dije: "Abuela no puedes caerte más, es peligroso", como si dependiese unicamente de su voluntad.
El día anterior se cayó y no podía levantarse, escuché las quejas y corrí. Luego llegó mi papá, entre los dos pudimos ayudarle, no pasó a mayores, solo un gran susto.
Ella me preguntó: ¿Yo me caí?". Le abracé y le dije que nos veíamos en dos meses, en febrero. Me hizo llorar como muchas veces lo hice al partir de San Cristóbal, esta vez por ella.
Ahora se ha ido, cuesta pensar en ello. Hay personas que parecen infinitas, alcanzó 91 años. Seguiré pensando que está en su cama, subiendo la escalera de caracol a la derecha, justo después de la puerta movible, rodeada de sus gavetas marrones con chucherías escondidas bajo la almohada mientras el televisor le entretiene.
Para Carmen María Monasterio de Peraza † 03 de noviembre de 2023
La voz más lúcida del gremio farmacéutico neoesperatano se ha apagado, dejó la botica sin boticario. ¡Que ironía!, justo esa era una de sus luchas vigentes. Cerró la farmacia y no hubo quien recibiese el testigo que hace años dejase en sus manos y verbo, Ángel Felix Gómez y José Nicolás Marcano.
No es mera coincidencia que hace suficientes años me regalara Ética para Amador de Fernando Savater. Esa guia cedida por Rafael, que todo el que sepa leer debe leer, confirma su interés en vivir bien y hacer bien. Para él, tampoco podían olvidarse praxis no excluyentes como: la defensa del principio de legalidad, la profesión farmacéutica con buenas prácticas y función servicial.
Rafaelito cómo le decían algunos colegas con cariño aunque pequeño no era, se despidió a su manera. Desde su privacidad, partió en silencio con pocas palabras en sus últimas respuestas para quiénes le escribieron. Él lo quiso así y quiero pensar que estará leyendo estas líneas, mientras interrumpe con particular sonrisa para decir: Correcto Maiquetía.
“Un lector vive mil vidas antes de morir". George R.R. Martin
Rafael vivió bien, con propósito, lo sé porque era un ferviente lector, con la destreza para hilar con coherencia discursos razonados y con fundamentos legales, rama jurídica de la cual fue apasionado y tuvo intenciones reiteradas de oficialmente estudiar.
Amigo a la vieja usanza de lazos tejidos en el tiempo, por allá en las conversaciones entre típicas degustaciones gastronómicas y brebajes sociales, aseguró más de un puñado amigos que no necesitaban verle a diario para contar con él.
Él también aprendió a vivir por segunda vez, eso después de aquel otro triste abril, pero en 2006 cuando mi amigo Carlitos, su hijo, se marchó.
"No es solo cuestión de sobrevivir sino de vivir bien", frase tomada de Marcel, el caracol con zapatos.
Hace poco cuando Rafael regresó de Chile a Margarita también lo hizo en silencio. No hubo bulla ni dejó saber a primera instancia, si volvía para quedarse en su amada tierra. Pues, se quedó. Venía a quedarse, a saberse cerca de La Asunción con sus sonidos y olores.
"Regular para el tiempo", preocupaba a mi madre, esa reiterada respuesta de Rafael al preguntarle cómo se sentía. Ayer 27 de abril, cuando Eglee le escribió no hubo respuesta. A mi mamá le perturbaba un posible desenlace. Petra quién estaba con él, reconocía ese mismo día: "Ha sido todo muy rápido", en relación a su deterioro de salud.
Quiero pensar seguirá disponible o estará cocinando en su apartamento para luego comentar y compartir la receta. Charlando en una plaza en La Asunción con su bolso cruzado y colgado al cuello; o redactando en su despacho en Farmamigos un comunicado en contra del ejercicio ilegal de la profesión farmacéutica.
Puede también estar conversando entre risas en algún improvisado encuentro en Tacarigua donde Hilda Mata; ir leyendo mientras viaja por la línea 5 del metro de Santiago; o posiblemente, esté dando a Carlitos los abrazos que se debían.
Para Rafael José Silva Figueroa † 28 de Abril de 2023
| Los sueños siguen siendo paradojas📸@jr_korpa |
- Soñé jugaba fútbol y marcaba un gol. Ella empezó a reír como nunca, sin parar.
- Te he visto patearlo, dijo entre risas.
Entonces parece que los sueños pueden relacionarse a las vivencias, deseos, necesidades no satisfechas o con situaciones premonitorias como se creía en el antiguo Egipto. Incluso puedes soñar con personas que no conoces; imágenes oníricas sin explicación, fuera de contexto, algunas con menos posibilidades lógicas a las que dar sentido.
Al inicio del confinamiento hice una amistad en línea. Tras comentar algunos memes, publicados por esta, ácida, curiosa, intelectual, contemporánea y atractiva mujer, que llamaré Alexandra para resguardar su identidad; una noche le soñé. Visualmente no podía distinguirla, pero sabía era ella, típico en una quimera nocturna. Le encontraba en un lugar, asumía era mi amiga y le decía:
- ¿Te gustaría ir a comer? Ella respondió: ¿Cómo voy salir contigo sí no te conozco?
En otra ocasión, fantaseé con un partido de baloncesto. Estaba en una cancha donde he jugado muchas veces. Llegaba apurado al lugar, en la distancia veía el encuentro iniciado. Desde allí, examinaba los banquillos. Por el uniforme, el equipo más cercano no era el mío. Decidí ir directo al otro asiento, al llegar, tampoco ese.
- ¿Qué pasó con mi equipo?, pregunté.
- Perdieron por forfeit, respondió el árbitro; mientras despertaba.
En la capital venezolana puedes vivir mejor, sí
dejas a un lado el tema económico, te abalanzas en los espacios libres que
quedan y saboreas lo que tengas para comer. Sí olvidas por instantes el dinero
que seguramente necesitas para sustituir el par de zapatos con suela desgastada, o las divisas que no tienes y requerirías sí decidieras ir a cenar con la familia, puedes crear momentos de calidad mientras avanzas en la ardua
tarea de supervivencia nacional.
Una plaza de la capital es buen lugar para probar estar, ser y hacer; lo he hecho durante una visita extendida a la ciudad. La plaza Don
Bosco en Altamira ha servido para tal experimento, tiene lo necesario para distraerse,
descansar, trabajar, ejercitarse, alimentarse y curarse; allí, en ese lugar
público, la mayoría coincide alrededor de una comida, el desayuno, una merienda
o el único alimento del día.
Faltaba poco más de una hora para el mediodía, mi
hija ansiosa veía el tobogán en la distancia, yo, en cambio, sorprendido estaba
por una feria móvil de alimentos que formaban al menos veinte impecables camiones
de comida alrededor de otra plaza vecina.
Caminamos hasta un banco vacío, cinco niños
jugaban sobre los desgastados aparatos del pequeño parque en el centro de la plazuela,
sus familiares descansaban, acompañándolos a la redonda; otros, ajenos
a los infantes como una señora con cara de María, permanecía sentada con su carga, un perolero. Ella miraba a la nada, degustaba
una de las naranjas que obtuvo de un saco propio, el cual reposaba sobre un carrito de
compras cargado con trastes.
Desde el medio de esta ágora en esta época, se observa una iglesia, una panadería, otra
plaza, una clínica y un kiosco, ubicándose todos alrededor, cubriendo los puntos
cardinales. En el sitio, los niños corretean entre risas ocultas bajo tapabocas.
Los adultos se protegen también con el bozal que amenaza permanecer como prenda
de vestir por más tiempo.
Más allá, cerca de la panadería donde algunos comensales degustan cachitos, pastelitos con malta o café; en unos aparatos metálicos amarillos, mujeres y hombres llegan graneados, turnándose para ejercitarse. Desde allí, con entusiasmo repiten sus rutinas buscando fortalecer el sistema inmune y evitar engrosar, la cifra de enfermos por coronavirus con un contagio más, colmando centros asistenciales públicos y privados, como el que divisan desde su lugar de entrenamiento.
Sentados dando la espalda a la clínica, está una
familia. La madre, el abuelo y el nieto, presumo. El niño es pequeño, lo
acompañan mientras sube los peldaños hasta el tobogán, desciende y al llegar al suelo, se arrastra
por la tierra. La mamá en el ínterin, desempaca varios potes plásticos y los pone a su lado.
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| Comodidad donde sea. 📷por @sapl42 |
María terminó de comer la naranja. Mudó sus
cachivaches a otro asiento cercano que está vació y con mejor sombra. Acomoda
todos sus artículos, asegura el saco con frutas a una mano de distancia,
pone su carrito de almohada, se acuesta y parece dormirse. Nada le molesta, ni
los niños jugando a escasos metros, ni siquiera uno que pasa muy cerca y con
frecuencia en bicicleta, los pájaros le arrullan.
Simultáneamente, en distintos puntos de esta plaza,
van apareciendo y pronto aglomerándose como abejas en panal, los repartidores de distintas aplicaciones de pedidos de comida a domicilio, que han minado la ciudad al ritmo que la divisa estadounidense se normaliza como principal método de pago. A la
espera de un llamado que les permita ganar entre uno y tres dólares, dependiendo
de la zona de entrega; estos mandaderos se distraen jugando cartas, otros
simplemente se recuestan, dejando los morrales de carga con forma cúbica, de colores: verdes, rojos y
naranjas sobre el piso.
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| Diversión asegurada. 📷 por @sapl42 |
El dependiente que vende los libros hasta por tres dólares, tarifa que varía según el acuerdo con el propietario del texto, a veces sirve de brújula ciudadana. Varias veces al día, desconocidos se detienen a preguntar por la calidad, precios y más de los servicios de salud, que ofrecen las damas salesianas en el sótano de la iglesia Don Bosco.
Por allá, en las gastronetas se empiezan a ver posibles comensales que merodean, guiados por los olores a puerco frito, pollo rostizado, carne a la parrilla, entre otras delicias de la comida callejera. Cada exhibición de la feria itinerante humea sobre las modernas pantallas luminosas donde se exhiben los menús. Raciones de churros a cinco dólares, hamburguesas, pepitos y shawarmas de al menos diez dólares son las módicas opciones.
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| Esperar, almorzar y descansar. 📷 @sapl42 |
Pocos repartidores han recibido pedidos. Esos que sí, guindan su morral en la espalda y se preparan para abordar sus motos, mirando el teléfono donde tienen la orden. Ahora que tengo hambre, intento convencer a mi hija de cambiar la libertad que da la naturaleza por las cuatro paredes del apartamento, allá se hará la comida para silenciar al estómago, quién ha estado haciendo llamados en crujidos.
En enero de 2021, cuando autorizaron de nuevo los despegues de aeronaves, diez meses habían transcurrido desde la suspensión de vuelos comerciales entre ciudades venezolanas, decisión motivada por la COVID-19. Cuarentenas “radicales”, flexibles, subidas y bajadas de ánimo, acompañaron la medida de cierre total ordenada por quienes controlan el desorden nacional hasta tanto.
Casi un año estuvo restringida la movilización con algunas excepciones que requerían, salvoconductos, pruebas, esfuerzos o contactos para poder llegar hasta otra localidad, razones suficientes para preferir después de pensarlo tantas veces, no salir de Margarita, no viajar a Caracas aún, esperando que el virus con sus incógnitas, estuviese controlado o al menos se garantizaran medidas de bioseguridad.
En cada intento de viaje tenía presente a la Academia de Ciencias. Desde su primer informe sobre la pandemia en mayo 2020, —en el que decidí creer porque daban datos, razones y justificaciones que se extrañan de las instituciones en el país— expresaron preocupación por el virus y su posible comportamiento, fundado en las pocas cifras oficiales publicadas y la experiencia internacional. Se pronosticaban, mil casos diarios dentro de pocos meses.
El día antes de surcar el cielo desde Porlamar a Maiquetía, seis fueron las mascarillas que compré en total para mi hija y para mí. Sumé también dos potes con gel antibacterial al 70% de alcohol que no reseca la piel, se leía en la etiqueta del envase. Con eso, podría abordar sin problema, había leído durante el encierro que se requería para subir al avión, iba preparado.
Tras la imposibilidad viajar con los dos boletos con retorno, adquiridos con
La Venezolana por cuarenta verdes antes de la pandemia; empecé a hacer maromas
tecnológicas y económicas durante una de las primeras semanas decretadas flexibles.
Conseguí comprar con Estelar por los mismos cuarenta, pero ahora sería el precio por persona y solo
ida.
Hora de viajar, tenía los boletos y la tranquilidad que me había dado la campaña
de seguridad y distanciamiento social a ritmo de Jerusalema, que las
autoridades aeroportuarias junto a las líneas aéreas demostraron con coreografías en redes
sociales. Me calmaba también pensar, que algunos asientos estarían libres.
La impresora tuvo tinta, luego de múltiples improperios contra ella, por su
negativa a reproducir los tiquetes. Los imprimí previendo alguna controversia previa al embarque del día
siguiente.
En letras pequeñas, allí donde nadie lee, como en los contratos de uso de aplicaciones para móviles, decía: “Los pasajeros deben estar en el aeropuerto con tres horas de anticipación”, una más de lo normal, no me pareció mal. La situación sanitaria extraordinaria lo requería, menos aglomeraciones, un protocolo riguroso, reflexioné.
Afuera del aeropuerto una cola nos esperaba, la despedida acostumbrada con mi madre justo antes de abordar no ocurrió, cambió por un breve abrazo y un beso con tapabocas. Allí nos quedamos mi hija y yo, en una línea con gente ansiosa, maletas apiladas a lo largo, escasa comunicación, más cubre bocas bien y mal puestos.
La señora de cabello
color tintes varios era una, llevaba la nariz al aire pero la barbilla protegida. Ella cargaba un poodle blanco en sus
brazos. La detallé porque mi hija preguntó dónde viajaría el perro, le dije: "con las maletas en su jaula".
Justo tres horas antes estábamos en esa cola para ingresar al aeropuerto, media
hora pasó para autorizar el ingreso, caminamos hasta el acceso donde nos
midieron la temperatura y nos impregnaron con gel las manos. El termómetro marcó
35 grados centígrados cuando lo pusieron en mi brazo, en el de mi hija también,
sonreí y me alegré. No teníamos fiebre, quizás otra cosa sí, esa temperatura no era normal.
No había mucha gente en las instalaciones, pocas tiendas abiertas y en el
baño presumo no había agua, la escasez ha sido regla por años allí. Por eso,
llevé a mi hija al baño en casa antes de salir y le administré la ingesta de
líquido durante el trayecto, que continuaba en el aeródromo Santiago Mariño que
sirve al estado Nueva Esparta.
Desde el mostrador de la aerolínea, la fila fue más larga, la misma gente de la entrada, ahora se separó un metro, era el espacio entre calcomanías
pegadas al piso, indicando donde pararse. Una chica alta con uniforme de la aerolínea, bañaba con alcohol las manos de los pasajeros, inferí con su mirada, único rasgo del rostro visible que era guapa. Mientras mi hija estrujaba sus manos con el líquido, un grupo detrás en la cola reía con entusiasmo, no logré entender el chiste.
No necesité los pasajes impresos, mi cédula y la partida de nacimiento de mi
hija fue suficiente. Indiqué que teníamos dos maletas de equipaje, una negra y
otra azul, cada una con un lazo naranja, ninguna superaba los veinte kilos, la noche
anterior había cargado con una mano una maleta y con la otra a mi hija, método a falta de un peso.
En la sala de espera las pocas personas que llegaban se iban sentando con
un asiento de por medio. Hice lo mismo y aproveché conectar mi teléfono al
único tomacorriente que funcionaba entre seis disponibles.
De regreso a mi lugar eran menos los espacios vacíos. El jocoso grupo de la
fila para obtener los tiquetes de abordaje siguió riendo, el chiste tenía
relación con los 35 grados centígrados que marcó a cada uno el termómetro.
Nadie en la sala de espera intercambiaba palabras, la separación se cumplía, el distanciamiento social era un éxito, cada persona con su smartphone estuvo en su mundo. Un hombre envió mensajes de textos desde un perolito, dos chicas con caminar de modelo se retrataron para Instagram, una señora tecleo informando su hora de llegada por Whatsapp y un niño batalló en un móvil algún juego contemporáneo.
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| Uso del móvil para el distanciamiento. 📷Por @sapl42 |
Al momento del embarque, caminamos con libertad hasta la escalera que permite entrar al avión. Sin la burbuja tecnológica creada por el teléfono y el
apuro que te empuja al abordar el avión, la cercanía entre personas y las voces
hombro a hombro acabaron con el silencio.
Permiso, cuidado, ponga su equipaje allí, mi asiento es el 8D. Póngase el
tapabocas dijo una tripulante de vuelo a la señora del poodle que respondió: "no lo uso porque estoy sofocada", así ganó otros minutos sin
usar la prenda.
Sentados, ajusté nuestros cinturones mientras cada hilera se iba llenando. Para
suerte nuestra quedaba un espacio libre
de los tres. Tomé el teléfono, decidí registrar visual y textualmente el bululú.
Una foto vertical junto con un texto que debí cambiar mientras lo escribía porque el asiento a mi izquierda se ocupó. Le
envié a mi madre lo siguiente:
“El avión va repleto y llevo a un gordo al lado que me quita medio puesto.
Parece un autobús. No hay posibilidades de estar distantes”.
En cincuenta minutos llegaríamos al destino, el piloto anunciaba la bitácora, la aeromoza informaba a los pasajeros el deber de apagar los aparatos electrónicos, el aire acondicionado empezaba a enfriar y un anciano dos filas delante de la nuestra, estornudaba la cantidad exacta de muchas veces, tantas como miradas cruzadas entre pasajeros preocupados.
Una dama y su marido en los asientos inmediatos al longevo aspersor de
fluidos, intentaban sin éxito, huir arrimándose hasta la ventana próxima,
entre tanto la mujer desesperada con una de sus manos bañaba y con la otra untaba a su esposo con el alcohol del spray.
“Papá el perro no va con las maletas, míralo”. Mi hija contenta se entretiene
viendo al poodle que viaja con su dueña. Me pregunté desde
cuándo viajaban los perros en cabina.
Las aeromozas no aparecieron más hasta el final del trayecto, no hubo refrigerios y el desembarque en el destino fue rápido. Por “medidas de seguridad” al bajar del avión y antes de retirar el equipaje, debimos esperar sentados por más de cuarenta minutos, en ese tiempo las maletas eran bañadas, ordenadas y dispuestas por el personal de la aerolínea para su recolección.
Durante el tiempo de espera para marcharnos cada quien con sus cachachás, olvidamos el virus y con teléfono en mano volvimos al distanciamiento.
El nuevo año sí sirve. Sirve para seguir viviendo, empezando otra época con energía renovada y más ánimo. Esa celebración funciona desde hace añales así, las personas abren un ciclo tras cerrar otro. Justo con el cañonazo empiezan a vislumbrarse oportunidades para cumplir propósitos. La mente logra con ese ritual de pureza, resetear y dar un aire novedoso al portador, olvidando todo suceso y hecho negativo vivido.
El veinte veintiuno según los que saben y también los que aprendieron a surfear la ola veinte veinte, es decir, a caer y pararse, recibir un golpe y esperar que el otro sea menos fuerte, será una invitación de asistencia obligatoria a continuar el difícil rumbo impuesto desde antes, en el dos mil diecinueve y que dejó más de 80 millones de enfermos por coronavirus y casi dos millones de muertes globales, cifra oficializada en las estadísticas de Google al cierre del recién finalizado calendario.
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| Foto de Waldemar Brandt |
Vaya usted a saber quiénes decidieron que un laboratorio chino esparciera un virus de muerte, lo que sí sabemos es que en ese mismo país asiático, el murciélago grande de herradura china (Rhinolophus ferrumequinum) y otros pequeños mamíferos como: las civetas (Paguma larvata) y perros mapaches (Nyctereutes procynoides), todos fuentes del mismísimo virus, son parte de la dieta de un porcentaje considerable de la población que acude a mercados de animales vivos, para satisfacer hambre y extraños gustos. Corresponde entonces seguir lidiando con eso y más, la distancia social, las vacunas de distintas procedencias, unas con más y otras con menos porcentaje de efectividad; y una nueva cepa del virus que obtuvo ciudadanía británica.
Sin importar las cargas que deja el año viejo, los que superaron el reto 2020, pudieron resetear la testa y para este nuevo circuito de 365 días, han iniciado según las costumbres nacionales, sin alterar el tradicional feliz año a todo el que se atraviesa hasta finales de enero y más allá, esta vez en modo cuarentena, cumpliendo con la normativa sanitaria, sin abrazos ni besos, resaltando el sentido común. Ante todo, de lejitos.
Así hemos hecho el primero de enero en nuestra comunidad, lejos aún de mercados con animales exóticos. Aquí hemos aprovechado el primer corte de luz 2021, cargados con la buena y poderosa energía, para darnos el feliz año mientras nos preguntamos, si aquella cesta navideña que recaudamos a solicitud del personal de la estatal eléctrica del turno del 29 de diciembre, entregada luego de esa jornada de 9 horas sin servicio, será recordada aún y vendrán nuevamente -con su premura característica- pero sin cargo adicional, en esa sonora camioneta Toyota Land Cruiser de color marrón con cauchos lisos que sigue rodando, para reconectar el servicio una vez más y seguir con este año nuevo que se parece tanto al anterior.
Siempre llegaba a las islas con su equipo de trabajo a estudiar, con el mayor respeto, a los cangrejos. Los buscaba y sólo de ser necesario, los capturaba, los estudiaba, clasificaba, preservaba, etiquetaba y embalaba para llevarlos al laboratorio, y muy eventualmente, los comía. Sólo en este último caso, los cangrejos cobraban venganza y entonces lo intoxicaban, lo hinchaban y lo llenaban de comezón, pero núnca llegaban a asfixiarlo, pues ellos también lo respetaban.
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| Foto referencial por @mtulard |
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Régulo López, Juan Bolaños y Jorge Barrios en Cubagua. Cortesía de la Revista Academia Hoy N°11 |
En este período no se despierta temprano para llevar a los hijos a la escuela, se intenta cumplir con el -sencillo- rol de maestro en casa, evitando mezclar funciones con las de padres; mientras, se va reescribiendo en cada salida del bunker a la compra, un riguroso método de protección en el que frecuentemente al ejecutarlo, se olvida el tapabocas y debes regresar por él.
Este año ha sido una experiencia
buena pero mala, ojalá se entienda. Una
etapa que ha dejado aprendizaje pero que no quieres repetir, como una
asignatura complicada en la universidad que no pretendes volver cursar, mejor que venga otra distinta; como el restaurant al que deseaste ir y cuando por fin vas, encuentras una mosca justo antes de terminar tu plato, seguro podrás irte sin pagar, que bueno, pero no querrás volver para otra degustación.
Esta porquería ha dejado momentos buenos y muertes, lejanas y cercanas. Jóvenes y viejos han partido adelantadamente, y por eso cuesta decir que el dos mil veinte ha sido un gran año. Tocó además, convivir consigo mismo, sin huir en otras personas, cerca del ser, conociendo quién eres, en este complejo momento que ha dejado tiempo extra para mucho pensar.
Con seguridad, hay personas que no han visto lo grandioso que tiene este nuevo mundo desordenado que seguimos descubriendo, tampoco yo lo veo todos los días. Para ello, cada quien debe aprender a amar su caos, como lo explica Albert Espinosa en el Mundo Azul. También serviría formarse en la vida para estar atentos a encontrar detalles que se miran, aprovechando el tiempo, quitando atención a lo prescindible.
El horizonte seguirá mostrándose empedrado y con baches de todas dimensiones, cuarentenas en diversas modalidades se extenderán alrededor del mundo al menos hasta 2021, por lo tanto, las condiciones en el globo no habrán cambiado mucho cuando iniciemos el siguiente calendario. Entonces, corresponderá sin saber realmente hasta cuando, seguir esquivando contagios y seguir aprendiendo.
En algunos países irán arreglandose las rutinas, mientras en otros, no quedará mejor opción que amar al caos, tu caos, como lo describe Albert. Por eso, no estaría de más ni tampoco mal, adelantarse e inscribirse en el selecto y reservado grupo de gente que incluye y recordará al mejor año de porquería, como un top five, como mi hija que lo ha hecho y recién ha cumplido cinco años de edad.
Por Simón Peraza LazardeDesde ese entonces, algunas
canciones de Guaco pasarían a ser banda sonora de relaciones amorosas de mucha
gente, recuerdos de historias finalizadas y flechas en fase de conquista cuando esa otra persona compartía con gusto el género.
Seguramente la historia de Fran con la banda va por ahí, fue un fanático más que fiel, se describía como guaquero, además tuvo el plus de hacerse amigo de su ídolo Luis Fernando Borjas; a quien además
intentaba interpretar vocalmente y lo lograba.
Como era insuficiente el
talento musical innato de Francisco Javier, El 20 de julio de 1985 en su nacimiento,
junto a él, después de convivir en la barriga de Claret, vino Juancho con un cuatro para formar esa extraña pareja de tres, cariñosamente identificados como los morochos o los gordos.
Ese travieso par que en alguna
época dio algunos dolores de cabeza a su madre, encontraron desde
muy jóvenes una exitosa manera de relacionarse públicamente, dándose a conocer a fuerza de amistad, serenatas tocadas y cantadas por ellos, ocurrencias y carisma, acompañado una que otra vez por -unas pocas gotas- de bebida destilada.
En cada pausa de Juan Francisco con el cuatro estaba Fran animando con otra canción, baile o una imitación de amigas
bastante natural. Las discusiones o enfados temporales entre ellos también podían ocurrir, y lo hacían saber: “¡Es que Juancho…!” o “¡Es que Fran!”…,
dependiendo quien pusiese la queja, pero permanecían en el sitio, sin alterar
el repertorio, sin abandonar amigos ni tragos pendientes.
Inesperadamente Fran se ha ido físicamente, y aunque no existe buena hora para morir, una verdad ha sido que, él no se fue en buen momento. La pandemia obligó a familiares y amigos a guardar distancia, hubo menos compañía presencial para sus seres queridos y escasez de abrazos necesarios.
Para la tranquilidad de todos, vale saber que no estuvo solo en sus últimos días y aunque pareciese impensable que alguien faltase por conocerle en Margarita, hizo nuevas amistades durante la hospitalización, un hecho que para nada desentona con su comportamiento habitual de públicamente, sin temor, ni reservas decir palabras de afecto, cariño y amor a todo aquel con quien congeniara.
Allí, en una camilla por varios días siguió siendo él y sin protesto se mantuvo contando anécdotas con los presentes, haciendo reír, atento de su esposa que le esperaba afuera, poniéndose a la orden de la gente para encontrar algún repuesto en Toyoamigo donde hacía llave con uno de sus hermanos de vida, Jesús Caraballo; en ese transcurso también respondió mensajes a todo el que supo que jorungaba su teléfono aún, y tuvo tiempo de "quejarse" porque Juancho le llamaba muy seguido para saber de él.
En la memoria ha quedado Francisco Javier como una buena persona, con 35 años mantenía la esencia de un niño sin maldad, un buen hijo, hermano de sus amigos a quienes acostumbraba llamarles usando los dos nombres, cargado de gestos nobles, un gran tío de sus sobrinos como lo demostró por años con Camila antes que María Rosa migrara y recientemente, con Fabían y Braulio, primogénitos de Pablo y Juancho, respectivamente.
Volviendo a su vínculo con Guaco, con cada canción puede recordarse su vida, esa alegría permanente. Fran solía escarbar cada coro, estrofa o retazo pegajoso de esos temas, extrayendo las mejores partes con sus arreglos para compartirlos cantándolos.
No requerirá esfuerzo pensarle, hizo mérito, quizás sin saberlo o tal vez si que lo sabía, así como entendía el concepto de amistad. Poco tiempo antes de su partida, le escribió a un amigo en común que se fue del país un año atrás:
"Mijo querido, hoy te he recordado demás!!! Aunque aquí nos veíamos poco igual el sentimiento de quererte y amarte está intacto. Quizás no fuimos los mejores amigos pero siempre en mi corazón estabas como parte de mi familia. Aunque no eramos de pasarla juntos, cuando nos veíamos era demás de increíble. No te olvides que existen personas en el mundo que te quieren".
Y como si fuesen pocas las vivencias para recordarle, donde suene el cuatro de Juancho, allí estará Fran, en la primera voz, la segunda, el coro o tarareando porque ellos seguirán siendo uno.
Mantener la libertad, atesorando lugares donde se ha podido expresar abiertamente, sin
perder la paz e independencia, es prioridad en el ser humano hecho adulto, incluso en países con regímenes no democráticos donde pareciese un imposible, se
intenta pese a la posibilidad permanente de no ser libre.
Por años Venezuela, ese país en el que ahora, es costumbre anhelar la plenitud pasada, sufrido hoy entre calamidades, resistió al temor a ser igualado en miseria con Cuba, un temor que creció rápidamente para dejar de existir, se ha extinguido.
"Ahí vamos pareciéndonos a
Cuba", decía cualquiera. De ser un chiste incrédulo, una broma que especulaba con un peligroso futuro, se convirtió en un temor formal a ser otra isla, una más regentada
por totalitaristas.
Para la fecha en que se publican
estas líneas, el pavor se ha ido. Así como los niños dejaron sus miedos, se ha esfumado ese temor. El plan siniestro de quienes manejan los hilos
de poder se concretó, lograron asemejar a la Venezuela de posibilidades con el lastre
cubano.
Venezuela y Cuba o viceversa,
cada día más símiles sin importar el orden en que se observe. El sistema de
una es el de la otra. El experimento importado hasta Caracas ha dado el mejor fruto,
una mutación permanente que alimenta la capacidad de un sistema retrogrado para mantenerse en pie en 2020 y más allá.
Libertades cercenadas, hambre, detenciones
arbitrarias, fallecidos sin atención sanitaria, corrupción, dádivas como salario, colas para adquirir
productos, delincuencia, nacionales en el exilio, falta de gasolina, apagones, bodegones en divisas y pare usted de
contar, son prácticas afianzadas en ambos islotes.
Ahora que son dos gotas de agua y la franquicia cubana se ha esparcido sembrando
carencias entre carencias,
Así como los niños dejaron de
temer al coco para temer como adultos, en Venezuela ya no se teme ser como Cuba. La supervivencia apremia arreando vidas agotadas de una población que ha anticipado su vejez, mientras sigue soñando ser libre y solo teme al olvido.
Tiempos
de globalización y valor por el conocimiento ameritan esfuerzos por la
continuidad del instrumento oriundo. Félix Crudele Marín, un curioso cuatrista
y altruista de la pedagogía, interpreta como designios de esas cuerdas,
afinadas en la, re, fa sostenido y si; llevar su enseñanza a cada rincón con un
clic.
Entonces pensé que
podía ayudar desde mi casa y de forma gratuita. Comencé a subir tutoriales al
canal, uno a uno, pasito a pasito, explicaditos, aunque en ese momento ya había
otros rudimentarios que solo decían: El ritmo de joropo es así: chi, qui, chi,
chí, sin explicación.