Criterio Nuestro es el blog personal de Simón Adrián Peraza Lazarde. Un poco de mucho donde participan colaboradores escribiendo opinión, investigación y demás géneros periodísticos o literarios.

sábado, 4 de mayo de 2024

Venezuela

Venezuela 


Querida estás allí, reservada, sin marcharte, esperando, camuflada, resistiendo del pasado en el presente.

Se te ha hecho incómodo, aún te esfuerzas, sigues dando todo de ti, quieres otro presente, uno que valga ser permanente. 

Resistes entre memorias, te aferras a cada cabeza de quien te quiere, refugiada en tu belleza por naturaleza.
La Gran Sabana, Bolívar. Venezuela.

Muchos se alejan pero nunca se van, estás en ellos. Te mantienes, comprensiva e incondicional ante tantos romances en lejanía. 

En pensamientos y recuerdos te extrañan libre, te escuchan, te ven, te huelen, te sienten como fuiste e imaginan como serás. Son presagios de libertad.
 
Arrullas los sueños por aquí y por allá, en el oleaje de tu mar espumoso, con el cantar de tus aves que merodean la tierra, en el croar de tus ranas citadinas, en tu cálido clima de un día corriente o en el frío nocturno de tus montañas neblinosas. 

Brillas, sigues brillando en los ojos de tus paisanos, como sol de la mañana en ventana margariteña, como cocuyos que invaden los guayacanes al caer la noche. 

Resplandece y borra distancias. Sigue alumbrando los sueños, no te canses. No te dejan, no te olvidan, queda tiempo, también reencuentros. 

No tengas miedo, no habrá olvido, solo ansias de abrir los ojos en el mejor presente, el de los sueños, de vidas libres y cortesía. 

Sigue adelante, reparte fuerza, ilumina vidas con recuerdos que son querencias. Arrulla sueños con tu prosa en tonada llanera hasta que despertemos con tu libertad, Venezuela. 

Por Simón Peraza Lazarde 
@sapl42 

Escrito en algún momento entre 2017 y 2021 y guardado entre borradores hasta su publicación.   


Si prefieres puedes repreducir junto a la lectura. 

lunes, 6 de noviembre de 2023

Cotuga

De niño tuve otras abuelas, recuerdo hacía mía las de mis amigos, quizás tener lejos las propias me inspiraba a adoptar figuras similares. 

Muy pequeño volvía cada año a Caracas para visitar a mis consanguineas, una suerte que fuesen vecinas de edificios en San Bernardino.

María de Jesús y Carmen Maria, mis dos abuelas de sangre me recibían en la capital, ambas  totalmente distintas, una cocinaba, la otra no, una se emperifollaba más, las dos me querían, a las dos las quise. 

Una partió a escasos días de mi cumpleaños número 9, estando lejos. Recuerdo su cara, recuerdo sus tajadas en los platos de flores, también recuerdo mi llanto bajo la regadera mientras Isbelys la mamá de Jacobo me consuela, cuando me dijeron había muerto. 

Carmen María, la abuela Cotuga se ha ido a mis 38 y estoy más lejos que siempre. Nos vimos en diciembre del año pasado y en febrero de este 2023, sin imaginar sería la última. Nunca se sabe cuando será esa vez.

No es posible recordar cuando le puse Cotuga, a ella le gustaba. Hacía énfasis en su nombre en cada conversa o presentación con alguna persona. Tampoco se la razón del apodo, supongo por la talla de mi abuela, quería yo decir tortuga en pronunciación infantil. 

El teléfono beige de botones en el edificio Bolívar sonaba y yo quería que fuese Cotuga. Solo debía esperar, pronto cruzaría hasta la torre Atlántic donde ella vivía, arquitectura que se asemeja a una proa de un barco. 

Oscuridad, retratos, cuadros, libros y alfombras, eso recuerdo en se departamento. En su cama saltaba, veíamos televisión, por alguna razón convertíamos el colchón en cuadrilatero de boxeo. 

Una lectora real, recuerdo épocas donde siempre estaba leyendo un libro: Cien años de soledad, la Iliada; para mi todos gordos y extensos, yo no compartía el gusto por la lectura por aquellos días.

Con Tica y Nathy  juntamos unas cuantas horas de juego.  Nos llevaba ventaja en Reto al conocimiento, era buena y se divertía con nosotros. Aquellas tarjetas con preguntas por colores, me recuerdan a ella y esos días. 

También nos llevó de paseo en su auto. Íbamos en el asiento de atrás y gozabamos con sus insultos a otros conductores. 

El compendio de crucigramas y criptogramas que mi papá compraba cada fin de semana para ella, los devoraba en un santiamén. Muchas veces le ayudé a terminarlos, rayándolos.  

En diciembre, cuando estuve en San Cristóbal, subí a despedirme, volvía a Margarita y le dije: "Abuela no puedes caerte más, es peligroso", como si  dependiese unicamente de su voluntad. 

El día anterior se cayó y no podía levantarse, escuché las quejas y corrí. Luego llegó mi papá, entre los dos pudimos ayudarle, no pasó a mayores, solo un gran susto. 

Ella me preguntó: ¿Yo me caí?". Le abracé y le dije que nos veíamos en dos meses, en febrero. Me hizo llorar como muchas veces lo hice al partir de San Cristóbal, esta vez por ella.

Ahora se ha ido, cuesta pensar en ello. Hay personas que parecen infinitas, alcanzó 91 años. Seguiré pensando que está en su cama, subiendo la escalera de caracol a la derecha, justo después de la puerta movible, rodeada de sus gavetas marrones con chucherías escondidas bajo la almohada mientras el televisor le entretiene. 

Para Carmen María Monasterio de Peraza  † 03 de noviembre de 2023

lunes, 1 de mayo de 2023

La botica quedó sin boticario

Rafael Silva Figueroa


Rafael Silva Figueroa el boticario amigo de La Asunción quería ser recordado como una buena persona. Él alcanzó ese anhelo que había confesado durante una entrevista que le hiciera.

La voz más lúcida del gremio farmacéutico neoesperatano se ha apagado, dejó la botica sin boticario. ¡Que ironía!, justo esa era una de sus luchas vigentes. Cerró la farmacia y no hubo quien recibiese el testigo que hace años dejase en sus manos y verbo, Ángel Felix Gómez y José Nicolás Marcano.

No es mera coincidencia que hace suficientes años me regalara Ética para Amador de Fernando Savater. Esa guia cedida por Rafael, que todo el que sepa leer debe leer, confirma su interés en vivir bien y hacer bien. Para él, tampoco podían olvidarse praxis no excluyentes como: la defensa del principio de legalidad, la profesión farmacéutica con buenas prácticas y función servicial.

Rafaelito cómo le decían algunos colegas con cariño aunque pequeño no era, se despidió a su manera. Desde su privacidad, partió en silencio con pocas palabras en sus últimas respuestas para quiénes le escribieron. Él lo quiso así y quiero pensar que estará leyendo estas líneas, mientras interrumpe con particular sonrisa para decir: Correcto Maiquetía.


“Un lector vive mil vidas antes de morir". George R.R. Martin 


Rafael vivió bien, con propósito, lo sé porque era un ferviente lector, con la destreza para hilar con coherencia discursos razonados y con fundamentos legales, rama jurídica de la cual fue apasionado y tuvo intenciones reiteradas de oficialmente estudiar.

Amigo a la vieja usanza de lazos tejidos en el tiempo, por allá en las conversaciones entre típicas degustaciones gastronómicas y brebajes sociales, aseguró más de un puñado amigos que no necesitaban verle a diario para contar con él.  

Él también aprendió a vivir por segunda vez, eso después de aquel otro triste abril, pero en 2006 cuando mi amigo Carlitos, su hijo, se marchó. 


"No es solo cuestión de sobrevivir sino de vivir bien", frase tomada de Marcel, el caracol con zapatos.  


Hace poco cuando Rafael regresó de Chile a Margarita también lo hizo en silencio. No hubo bulla ni dejó saber a primera instancia, si volvía para quedarse en su amada tierra. Pues, se quedó. Venía a quedarse, a saberse cerca de La Asunción con sus sonidos y olores.  

"Regular para el tiempo", preocupaba a mi madre, esa reiterada respuesta de Rafael al preguntarle cómo se sentía. Ayer 27 de abril, cuando Eglee le escribió no hubo respuesta. A mi mamá le perturbaba un posible desenlace. Petra quién estaba con él, reconocía ese mismo día: "Ha sido todo muy rápido", en relación a su deterioro de salud. 

Quiero pensar seguirá disponible o estará cocinando en su apartamento para luego comentar y compartir la receta. Charlando en una plaza en La Asunción con su bolso cruzado y colgado al cuello; o redactando en su despacho en Farmamigos un comunicado en contra del ejercicio ilegal de la profesión farmacéutica. 

Puede también estar conversando entre risas en algún improvisado encuentro en Tacarigua donde Hilda Mata; ir leyendo mientras viaja por la línea 5 del metro de Santiago; o posiblemente, esté dando a Carlitos los abrazos que se debían. 


Para Rafael José Silva Figueroa † 28 de Abril de 2023

viernes, 18 de febrero de 2022

Soñé que lo hacía

Durante la pandemia por la Covid-19 extendida en sus múltiples variantes, hemos tenido tiempo de encontrarnos, desencontrarnos y ver la muerte de tantos. Tener momentos con nada, poco y por suerte después, exceso de trabajo. También incorporar involuntariamente nuevas prácticas: Los sueños, sueños de hacer.

No puedo explicar que ocurre científicamente. Aumentaron los sueños, algunos los recuerdo y otros no. Particularmente en esta etapa de confinamiento discrecional, se hizo cotidiano estar en casa, saliendo sí es necesario.

Haber cambiado de forma brusca y prolongada las actividades acostumbradas, parece motiva y activa la fase REM al dormir. De ser así, podría validarse la teoría de interpretación de los sueños de Sigmund Freud, quién explicaba que los sueños podrían fundarse en deseos reprimidos.

Los sueños siguen siendo paradojas
Los sueños siguen siendo paradojas📸@jr_korpa
Se ha hecho recurrente en este extraño período de convivencia, donde el virus acecha 24 por 7, el soñar. Por ejemplo, hace unos días metí un gol y mi madre lo presenció; al levantarme de una breve siesta en el sofá, le conté: 

- Soñé jugaba fútbol y marcaba un gol. Ella empezó a reír como nunca, sin parar.

Te he visto patearlo, dijo entre risas.

Entonces parece que los sueños pueden relacionarse a las vivencias, deseos, necesidades no satisfechas o con situaciones premonitorias como se creía en el antiguo Egipto. Incluso puedes soñar con personas que no conoces; imágenes oníricas sin explicación, fuera de contexto, algunas con menos posibilidades lógicas a las que dar sentido.  

Al inicio del confinamiento hice una amistad en línea. Tras comentar algunos memes, publicados por esta, ácida, curiosa, intelectual, contemporánea y atractiva mujer, que llamaré Alexandra para resguardar su identidad; una noche le soñé. Visualmente no podía distinguirla, pero sabía era ella, típico en una quimera nocturna. Le encontraba en un lugar, asumía era mi amiga y le decía:

- ¿Te gustaría ir a comer? Ella respondió: ¿Cómo voy salir contigo sí no te conozco?

En otra ocasión, fantaseé con un partido de baloncesto. Estaba en una cancha donde he jugado muchas veces. Llegaba apurado al lugar, en la distancia veía el encuentro iniciado. Desde allí, examinaba los banquillos. Por el uniforme, el equipo más cercano no era el mío. Decidí ir directo al otro asiento, al llegar, tampoco ese.

- ¿Qué pasó con mi equipo?, pregunté.  

- Perdieron por forfeit, respondió el árbitro; mientras despertaba.

Por Simón Peraza Lazarde
@sapl42

 

sábado, 4 de diciembre de 2021

El Toro está en Caracas

En diciembre 2020 organizaba un viaje a Caracas para realizar algunos trámites personales. La pandemia no cedía aún, pero debía trasladarme. Llegó el 2021 con la obligación de tomar vuelo rumbo a Maiquetía, aterrizando le avisaría: "Toro voy a Caracas, nos vemos”, así ocurrió.

Juan Carlos Millán un ñero viviendo en Caracas, se mudó con veintipocos a esa ciudad. Sin miedo, cambió la vista al cerro Matasiete que aún ofrece el patio de Petra Carmen, por otra con dirección al cerro El Ávila. Siempre creímos que lo hizo por una novia, pero con ella no se quedó. El tiempo demostró que era un citadino nacido en una isla. Bastante le fastidiamos con ese tema en cada retorno decembrino a Margarita.

Mi viaje a Caracas coincidiría con el reciente nacimiento de Juan Diego, el hijo de Juan Carlos, por eso, días antes estuve indeciso buscando un obsequio útil para JD.

Allá en Caracas, Juan Carlos mostraba su gentilicio insular cada vez que podía. Vestía de verde guaiquerí y cada tanto volvía a la isla dejando de ser Millán el del trabajo; para ser El Toro, hijo de Callita, Claritza Millán; primo de Miguel y Alejandro; sobrino de Meña.

Todo ese tiempo en Caracas y hasta el 2021, Juan Carlos estuvo prestando servicio para una misma empresa, ascendiendo desde posiciones administrativas básicas, pasando por otras con mayor responsabilidad y cientos de trabajadores bajo su cargo en nueve estados del país, resolviendo conflictos laborales y dirigiendo negociaciones.

- ¿Toro realmente merece la pena tanto esfuerzo y estrés?, le pregunté en septiembre de 2021.

- “Me ascendieron Saimon, estoy haciendo unos curso en el IESA para asumir una gerencia, tendré más trabajo de oficina y menos viajes, una oportunidad de crecimiento personal y monetaria que me dará más tiempo libre para estar en casa”.

El regalo que llevaba para JD me preocupaba no entregarlo a tiempo, las imágenes del recién nacido publicadas por Juan y Yei en sus redes, mostraban a unos padres orgullosos con un niño robusto. Por eso, pronto le dije: "Toro nos vemos hoy, no quiero que se pierda el regalo de tu hijo, ese muchacho es muy grande”.

Con Juan Carlos viviendo en Caracas, no compartimos muchas más veces en una cancha de baloncesto como en la infancia y adolescencia; aquella época de jugar, tomar agua y volver a jugar. "Cuando vengas vamos a una liga candela aquí", se planificó en la distancia varias veces, pero en cada visita allá o cada retorno a la isla, no se dio. 

No le gustaba jugar en el puesto 5, ni de poste. Molestaba a todos eso porque no aprovechaba el metro ochenta, "altura suficiente" para esas labores. Prefería ser un puesto tres, lanzando de media y larga distancia. Justo en esos días antes del viaje a la capital, le compartí un vídeo donde un piloto va en quiebre rápido y antes de marcar el doble paso, abre las piernas y pasa el balón atrás, allí entra un compañero que recibe y sorprende anotando con facilidad. Me respondió: 

- ¿Cuántas veces hicimos esa jugada?

El día que mi hija y yo fuimos a conocer a JD, me buscó en Los Cortijos. Como siempre que nos encontrábamos, no podía evitar preguntarle: ¿Me vas a traer de vuelta?, no me vayas a enviar en metro como aquella vez a las 10:00 p.m.

- “Si eres sapo, ya vienes con el cuento ese", respondió.

Ese día preparó una parrilla en casa, sonaba salsa de fondo, salsa del repertorio de Juan Carlos el citadino, escuchaba mucho el género. Recuerdo que preguntó si cargaría a JD, pero me negué por tema pandemia. Ese día quedó registrado porque tomó una foto: "Vamos a tomarnos un selfie Maní".

El origen de su sobrenombre Toro tiene que ver con la semejanza de su llanto cuando era él pequeño, al mugido de una vaca, becerro o ternero; pero Juan Carlos era grande y parecía molesto al llorar, entonces mejor decirle El Toro desde temprano y evitar inconvenientes en el futuro. Por eso, en Palosano y toda la isla, sigue siendo más conocido por su apodo.

Juan Diego también es un toro. En agosto, JD se cayó y golpeo su cabeza, estuvieron haciendo exámenes varios y seguimiento con doctores. En esos días Juan Carlos me escribió con intenciones de desahogarse: “Essito mi bebé. El dolor más grande que he sentido en mi vida. Me duele lo que a él le duele. Quiero que todo me duela a mí y no a él”.

Juan Carlos quería que viajara a Caracas en Octubre para el bautizo de Juan Diego. Me quería de padrino de JD y aunque no podría estar en la ceremonia, le dije:

“Igual seré su tío. ¿Quién crees qué le enseñará a jugar básquet? Yo mijo, tu muy bien no juegas y no marcas a nadie”, le dije en tono de broma.

"Me ladilla los que se van", me dijo El Toro en otra ocasión cuando le manifesté mi intención de moverme del país, asumió él, que era la falta de trabajo la razón de mi expresión y continuaba la frase con: "me gustaría darle trabajos a todos para que no se fueran".

Ahora cuando vuelva a Caracas le diré: - Tenías razón, que ladilla los que se van, pero carajo Toro. El alma de quienes nos quedamos, la jode más el que no regresa. 


Para mi hermano El Toro Juan Carlos Millán † 2 de octubre de 2021




sábado, 8 de mayo de 2021

Caracas desde una plaza

 

En la capital venezolana puedes vivir mejor, sí dejas a un lado el tema económico, te abalanzas en los espacios libres que quedan y saboreas lo que tengas para comer. Sí olvidas por instantes el dinero que seguramente necesitas para sustituir el par de zapatos con suela desgastada, o las divisas que no tienes y requerirías sí decidieras ir a cenar con la familia, puedes crear momentos de calidad mientras avanzas en la ardua tarea de supervivencia nacional.

Una plaza de la capital es buen lugar para probar estar, ser y hacer; lo he hecho durante una visita extendida a la ciudad. La plaza Don Bosco en Altamira ha servido para tal experimento, tiene lo necesario para distraerse, descansar, trabajar, ejercitarse, alimentarse y curarse; allí, en ese lugar público, la mayoría coincide alrededor de una comida, el desayuno, una merienda o el único alimento del día.

Faltaba poco más de una hora para el mediodía, mi hija ansiosa veía el tobogán en la distancia, yo, en cambio, sorprendido estaba por una feria móvil de alimentos que formaban al menos veinte impecables camiones de comida alrededor de otra plaza vecina.

Caminamos hasta un banco vacío, cinco niños jugaban sobre los desgastados aparatos del pequeño parque en el centro de la plazuela, sus familiares descansaban, acompañándolos a la redonda; otros, ajenos a los infantes como una señora con cara de María, permanecía sentada con su carga, un perolero.  Ella miraba a la nada, degustaba una de las naranjas que obtuvo de un saco propio, el cual reposaba sobre un carrito de compras cargado con trastes.      

Desde el medio de esta ágora en esta época, se observa una iglesia, una panadería, otra plaza, una clínica y un kiosco, ubicándose todos alrededor, cubriendo los puntos cardinales. En el sitio, los niños corretean entre risas ocultas bajo tapabocas. Los adultos se protegen también con el bozal que amenaza permanecer como prenda de vestir por más tiempo.

Más allá, cerca de la panadería donde algunos comensales degustan cachitos, pastelitos con malta o café;  en unos aparatos metálicos amarillos, mujeres y hombres llegan graneados, turnándose para ejercitarse. Desde allí, con entusiasmo repiten sus rutinas buscando fortalecer el sistema inmune y evitar engrosar, la cifra de enfermos por coronavirus con un contagio más, colmando centros asistenciales públicos y privados, como el que divisan desde su lugar de entrenamiento.

Sentados dando la espalda a la clínica, está una familia. La madre, el abuelo y el nieto, presumo. El niño es pequeño, lo acompañan mientras sube los peldaños hasta el tobogán, desciende y al llegar al suelo, se arrastra por la tierra. La mamá en el ínterin, desempaca varios potes plásticos y los pone a su lado.

Comodidad donde sea. 📷por @sapl42
Los camiones de comida en la feria contigua aún no son visitados, el personal activo y con premura: ordena, limpia y prepara cada espacio para lo que parece un hecho inminente. Por el movimiento y el ahínco, podría intuirse llegará un tsunami de hambrientos.

María terminó de comer la naranja. Mudó sus cachivaches a otro asiento cercano que está vació y con mejor sombra. Acomoda todos sus artículos, asegura el saco con frutas a una mano de distancia, pone su carrito de almohada, se acuesta y parece dormirse. Nada le molesta, ni los niños jugando a escasos metros, ni siquiera uno que pasa muy cerca y con frecuencia en bicicleta, los pájaros le arrullan. 

Simultáneamente, en distintos puntos de esta plaza, van apareciendo y pronto aglomerándose como abejas en panal, los repartidores de distintas aplicaciones de pedidos de comida a domicilio, que han minado la ciudad al ritmo que la divisa estadounidense se normaliza como principal método de pago. A la espera de un llamado que les permita ganar entre uno y tres dólares, dependiendo de la zona de entrega; estos mandaderos se distraen jugando cartas, otros simplemente se recuestan, dejando los morrales de carga con forma cúbica, de colores: verdes, rojos y naranjas sobre el piso.

Diversión asegurada. 📷 por @sapl42
Al kiosco de la esquina llegan conocidos y ajenos. Libros o artículos usados dejan a consignación en aquel lugar donde solían vender periódicos. Quién atiende el negocio, no sabe de literatura, ni se preocupa por conocer las historias. Lo delata su ignorancia al leer, no distingue la silaba tónica en los nombres de los títulos y autores de las obras disponibles.

El dependiente que vende los libros hasta por tres dólares, tarifa que varía según el acuerdo con el propietario del texto, a veces sirve de brújula ciudadana. Varias veces al día, desconocidos se detienen a preguntar por la calidad, precios y más de los servicios de salud, que ofrecen las damas salesianas en el sótano de la iglesia Don Bosco.

Por allá, en las gastronetas se empiezan a ver posibles comensales que merodean, guiados por  los olores a puerco frito, pollo rostizado, carne a la parrilla, entre otras delicias de la comida callejera. Cada exhibición de la feria itinerante humea sobre las modernas pantallas luminosas donde se exhiben los menús. Raciones de churros a cinco dólares, hamburguesas, pepitos y shawarmas de al menos diez dólares son las módicas opciones.

Esperar, almorzar y descansar. 📷 @sapl42
La hora del almuerzo ha empezado para algunos. El niño y su abuelo, se alejan de la rueda y el subibaja para acompañar a la madre, que ya dividió la sopa en tres raciones, lo mismo hizo con un litro de jugo de pera. A un banco aledaño han llegado tres jóvenes con su entrenador desde El Ávila. Cada uno saca de sus bolsos una vianda con mucho arroz y algo más. 

Pocos repartidores han recibido pedidos. Esos que sí, guindan su morral en la espalda y se preparan para abordar sus motos, mirando el teléfono donde tienen la orden. Ahora que tengo hambre, intento convencer a mi hija de cambiar la libertad que da la naturaleza por las cuatro paredes del apartamento, allá se hará la comida para silenciar al estómago, quién ha estado haciendo llamados en crujidos. 


Por Simón Peraza Lazarde
@sapl42

domingo, 28 de febrero de 2021

La distancia social termina en el avión

En enero de 2021, cuando autorizaron de nuevo los despegues de aeronaves, diez meses habían transcurrido desde la suspensión de vuelos comerciales entre ciudades venezolanas, decisión motivada por la COVID-19. Cuarentenas “radicales”, flexibles, subidas y bajadas de ánimo, acompañaron la medida de cierre total ordenada por quienes controlan el desorden nacional hasta tanto.

Casi un año estuvo restringida la movilización con algunas excepciones que requerían, salvoconductos, pruebas, esfuerzos o contactos para poder llegar hasta otra localidad, razones suficientes para preferir después de pensarlo tantas veces, no salir de Margarita, no viajar a Caracas aún, esperando que el virus con sus incógnitas, estuviese controlado o al menos se garantizaran medidas de bioseguridad. 

En cada intento de viaje tenía presente a la Academia de Ciencias. Desde su primer informe sobre la pandemia en mayo 2020, en el que  decidí creer porque daban datos, razones y justificaciones que se extrañan de las instituciones en el país— expresaron preocupación por el virus y su posible comportamiento, fundado en las pocas cifras oficiales publicadas y la experiencia internacional. Se pronosticaban, mil casos diarios dentro de pocos meses.

El día antes de surcar el cielo desde Porlamar a Maiquetía, seis fueron las mascarillas que compré en total para mi hija y para mí. Sumé también dos potes con gel antibacterial al 70% de alcohol que no reseca la piel, se leía en la etiqueta del envase. Con eso, podría abordar sin problema, había leído durante el encierro que se requería para subir al avión, iba preparado.

Tras la imposibilidad viajar con los dos boletos con retorno, adquiridos con La Venezolana por cuarenta verdes antes de la pandemia; empecé a hacer maromas tecnológicas y económicas durante una de las primeras semanas decretadas flexibles. Conseguí comprar con Estelar por los mismos cuarenta, pero ahora sería el precio por persona y solo ida.

Hora de viajar, tenía los boletos y la tranquilidad que me había dado la campaña de seguridad y distanciamiento social a ritmo de Jerusalema, que las autoridades aeroportuarias junto a las líneas aéreas demostraron con coreografías en redes sociales. Me calmaba también pensar, que algunos asientos estarían libres.

La impresora tuvo tinta, luego de múltiples improperios contra ella, por su negativa a reproducir los tiquetes. Los imprimí previendo alguna controversia previa al embarque del día siguiente.

En letras pequeñas, allí donde nadie lee, como en los contratos de uso de aplicaciones para móviles, decía: “Los pasajeros deben estar en el aeropuerto con tres horas de anticipación”, una más de lo normal, no me pareció mal. La situación sanitaria extraordinaria lo requería, menos aglomeraciones, un  protocolo riguroso, reflexioné.

Afuera del aeropuerto una cola nos esperaba, la despedida acostumbrada con mi madre justo antes de abordar no ocurrió, cambió por un breve abrazo y un beso con tapabocas. Allí nos quedamos mi hija y yo, en una línea con gente ansiosa, maletas apiladas a lo largo, escasa comunicación, más cubre bocas bien y mal puestos. 

La señora de  cabello color tintes varios era una, llevaba la nariz al aire pero la barbilla protegida. Ella cargaba un poodle blanco en sus brazos. La detallé porque mi hija preguntó dónde viajaría el perro, le dije: "con las maletas en su jaula".

Justo tres horas antes estábamos en esa cola para ingresar al aeropuerto, media hora pasó para autorizar el ingreso, caminamos hasta el acceso donde nos midieron la temperatura y nos impregnaron con gel las manos. El termómetro marcó 35 grados centígrados cuando lo pusieron en mi brazo, en el de mi hija también, sonreí y me alegré. No teníamos fiebre, quizás otra cosa sí, esa temperatura no era normal.

No había mucha gente en las instalaciones, pocas tiendas abiertas y en el baño presumo no había agua, la escasez ha sido regla por años allí. Por eso, llevé a mi hija al baño en casa antes de salir y le administré la ingesta de líquido durante el trayecto, que continuaba en el aeródromo Santiago Mariño que sirve al estado Nueva Esparta.

Desde el mostrador de la aerolínea, la fila fue más larga, la misma gente de la entrada, ahora se separó un metro, era el espacio entre calcomanías pegadas al piso, indicando donde pararse. Una chica alta con uniforme de la aerolínea, bañaba con alcohol las manos de los pasajeros, inferí con su mirada, único rasgo del rostro visible que era guapa. Mientras mi hija estrujaba sus manos con el líquido, un grupo detrás en la cola reía con entusiasmo, no logré entender el chiste.

No necesité los pasajes impresos, mi cédula y la partida de nacimiento de mi hija fue suficiente. Indiqué que teníamos dos maletas de equipaje, una negra y otra azul, cada una con un lazo naranja, ninguna superaba los veinte kilos, la noche anterior había cargado con una mano una maleta y con la otra  a mi hija, método a falta de un peso.

En la sala de espera las pocas personas que llegaban se iban sentando con un asiento de por medio. Hice lo mismo y aproveché conectar mi teléfono al único tomacorriente que funcionaba entre seis disponibles.

De regreso a mi lugar eran menos los espacios vacíos. El jocoso grupo de la fila para obtener los tiquetes de abordaje siguió riendo, el chiste tenía relación con los 35 grados centígrados que marcó a cada uno el termómetro.

Nadie en la sala de espera intercambiaba palabras, la separación se cumplía, el distanciamiento social era un éxito, cada persona con su smartphone estuvo en su mundo. Un hombre envió mensajes de textos desde un perolito, dos chicas con caminar de modelo se retrataron para Instagram, una señora tecleo informando su hora de llegada por Whatsapp y un niño batalló en un móvil algún juego contemporáneo.  

Uso del móvil para el distanciamiento. 📷Por @sapl42

Al momento del embarque, caminamos con libertad hasta la escalera que permite entrar al avión. Sin la burbuja tecnológica creada por el teléfono y el apuro que te empuja al abordar el avión, la cercanía entre personas y las voces hombro a hombro acabaron con el silencio. Amuñuñados nos movíamos para encontrar los asientos 

Permiso, cuidado, ponga su equipaje allí, mi asiento es el 8D. Póngase el tapabocas dijo una tripulante de vuelo a la señora del poodle que respondió: "no lo uso porque estoy sofocada", así ganó otros minutos sin usar la prenda.

Sentados, ajusté nuestros cinturones mientras cada hilera se iba llenando. Para suerte nuestra quedaba un espacio libre de los tres. Tomé el teléfono, decidí registrar visual y textualmente el bululú. Una foto vertical junto con un texto que debí cambiar mientras lo escribía porque el asiento a mi izquierda se ocupó. Le envié a mi madre lo siguiente:

“El avión va repleto y llevo a un gordo al lado que me quita medio puesto. Parece un autobús. No hay posibilidades de estar distantes”.

En cincuenta minutos llegaríamos al destino, el piloto anunciaba la bitácora, la aeromoza informaba a los pasajeros el deber de apagar los aparatos electrónicos, el aire acondicionado empezaba a enfriar y un anciano dos filas delante de la nuestra, estornudaba la cantidad exacta de muchas veces, tantas como miradas cruzadas entre pasajeros preocupados.

Una dama y su marido en los asientos inmediatos al longevo aspersor de fluidos, intentaban sin éxito, huir arrimándose hasta la ventana próxima, entre tanto la mujer desesperada con una de sus manos bañaba y con la otra untaba a su esposo con el alcohol del spray.

“Papá el perro no va con las maletas, míralo”. Mi hija contenta se entretiene viendo al poodle que viaja con su dueña. Me pregunté desde cuándo viajaban los perros en cabina.

Las aeromozas no aparecieron más hasta el final del trayecto, no hubo refrigerios y el desembarque en el destino fue rápido. Por “medidas de seguridad” al bajar del avión y antes de retirar el equipaje, debimos esperar sentados por más de cuarenta minutos, en ese tiempo las maletas eran bañadas, ordenadas y dispuestas por el personal de la aerolínea para su recolección. 

Durante el tiempo de espera para marcharnos cada quien con sus cachachás, olvidamos el virus y con teléfono en mano volvimos al distanciamiento.


Por Simón Peraza Lazarde
@sapl42

sábado, 2 de enero de 2021

Año nuevo

El nuevo año sí sirve. Sirve para seguir viviendo, empezando otra época con energía renovada y más ánimo. Esa celebración funciona desde hace añales así, las personas abren un ciclo tras cerrar otro. Justo con el cañonazo empiezan a vislumbrarse oportunidades para cumplir propósitos. La mente logra con ese ritual de pureza,  resetear y dar un aire novedoso al portador, olvidando todo suceso y hecho negativo vivido. 

El veinte veintiuno según los que saben y también los que aprendieron a surfear la ola veinte veinte, es decir, a caer y pararse, recibir un golpe y  esperar que el otro sea menos fuerte, será una invitación de asistencia obligatoria a continuar el difícil rumbo impuesto desde antes, en el dos mil diecinueve y que dejó más de 80 millones de enfermos por coronavirus y casi dos millones de muertes globales, cifra oficializada en las estadísticas de Google al cierre del recién finalizado calendario.

Foto de Waldemar Brandt

Vaya usted a saber quiénes decidieron que un laboratorio chino esparciera un virus de muerte, lo que sí sabemos es que en ese mismo país asiático, el murciélago grande de herradura china (Rhinolophus ferrumequinum) y otros pequeños mamíferos como: las civetas (Paguma larvata) y perros mapaches (Nyctereutes procynoides), todos fuentes del mismísimo virus, son parte de la dieta de un porcentaje considerable de la población que acude a mercados de animales vivos, para satisfacer hambre y extraños gustos. Corresponde entonces seguir lidiando con eso y más, la distancia social, las vacunas de distintas procedencias, unas con más y otras con menos porcentaje de efectividad; y una nueva cepa del virus que obtuvo ciudadanía británica.

Sin importar las cargas que deja el año viejo, los que superaron el reto 2020, pudieron resetear la testa y para este nuevo circuito de 365 días, han iniciado según las costumbres nacionales, sin alterar el tradicional feliz año a todo el que se atraviesa hasta finales de enero y más allá, esta vez en modo cuarentena, cumpliendo con la normativa sanitaria, sin abrazos ni besos, resaltando el sentido común. Ante todo, de lejitos.

Así hemos hecho el primero de enero en nuestra comunidad, lejos aún de mercados con animales exóticos. Aquí hemos aprovechado el primer corte de luz 2021, cargados con la buena y  poderosa energía, para darnos el feliz año mientras nos preguntamos, si aquella cesta navideña que recaudamos a solicitud del personal de la estatal eléctrica del turno del 29 de diciembre, entregada luego de esa jornada de 9 horas sin servicio, será recordada aún y vendrán nuevamente -con su premura característica- pero sin cargo adicional, en esa sonora camioneta Toyota Land Cruiser de color marrón con cauchos lisos que sigue rodando, para reconectar el servicio una vez más y seguir con este año nuevo que se parece tanto al anterior.

Por Simón Peraza Lazarde
@sapl42

martes, 8 de diciembre de 2020

Juan Bolaños: El señor de los cangrejos por Carlos Lira Gómez

Siempre llegaba a las islas con su equipo de trabajo a estudiar, con el mayor respeto, a los cangrejos. Los buscaba y sólo de ser necesario, los capturaba, los estudiaba, clasificaba, preservaba, etiquetaba y embalaba para llevarlos al laboratorio, y muy eventualmente, los comía. Sólo en este último caso, los cangrejos cobraban venganza y entonces lo intoxicaban, lo hinchaban y lo llenaban de comezón, pero núnca llegaban a asfixiarlo, pues ellos también lo respetaban.

Juan no era un sabio normal, no estaba encerrado en su mundo de academia, donde pocos podían entrar, al contrario en la tarde cuando cesaba la faena de estudio, algo cambia en su interior, su personalidad se transformaba, entonces era un pescador mas, y ayudaba a levar las nasas y a limpiar la pesca, bromeaba como un «hijo de la vecina» y no desdeñaba un trago de lavagallo, que empinaba sin resoplar.

Foto referencial por @mtulard
Los cangrejos no rehuían su presencia, se dejaban atrapar sin importarles si simplemente les iba a dar un vistazo o los iba a introducir en su bolso de muestreo, y cuando llegaba a la orilla, los pescadores le preguntaban por los nombres científicos de los distintos animales que había atrapado, y aunque siempre les respondía con aire docto y misterioso con nombres irrepetibles, luego sonreía y decía – o sea una «caracha patona» o un «morito» o un «capuco» o un «burgao», según correspondiera, y se iba a hacer sus anotaciones.

Las noches siempre eran otra cosa, no importaba cuán largo y ajetreado hubiese sido el día, las noches eran para el dominó o la parrilla a la luz de la luna o simplemente la conversa entre tragos y el cigarrillo que jamás lo abandonaba. Algunos pescadores decían que lo habían visto bucear y fumar bajo el agua…y quizás hasta era verdad.

Casi siempre cuando tomaba café apoyaba un pie sobre una roca, un tronco o cualquier objeto, y se quedaba ensimismado viendo al horizonte como queriendo descifrar algún misterio sólo conocido por él.

Hoy muy de madrugada llegó sólo a la playa y los pescadores se extrañaron por la falta de su inseparable equipo, tampoco escucharon llegar el bote. Juan bromeó con todos, pidió su tacita de café y se fué a ver el amanecer a la orilla de la playa. Cangrejos, camarones, langostas y crustáceos de los más variados y vistosos colores comenzaron amontonarse alrededor de Juan hasta taparlo por completo. Cuando los pescadores intentaron socorrerlo, la marejada de cangrejos comenzó a alejarse poco a poco hasta que sólo quedaron guijarros y la brisa limpió la arena.

Escrito por Carlos Lira Gómez

Régulo López, Juan Bolaños y Jorge Barrios en Cubagua.
Cortesía de la Revista Academia Hoy N°11







martes, 1 de diciembre de 2020

El mejor año de porquería


Son tantas las personas que han sufrido en este pandémico año y tantos otros que se han ido de este lugar, al que unos le llaman la tierra y otros hogar, que pudiese usted sentir pánico si escucha a alguien definir al 2020, como un buen año, el que inició en ese enero de exportación multicontinental de un virus y que asombraba con un terrible incendió en Australia, devorando bosques y miles de especies animales. 

Foto de @purzlbaum
¿Quiénes en sano juicio tras meses donde lo que era ya no es, destrucción de hábitos y construcción de otros nuevos porque sí, escogería al veinte veinte para su top Mejores años de la vida? 

Muchos, los que entendieron que debían aprovechar el cambio y los niños, siempre ellos, pintando porque les gusta y no porque la maestra lo pide, sin usar reloj ni intenciones por saber qué hora será. Van cantando, jugando con sus padres en casa, poniéndose cubrebocas ellos y sus muñecos, posiblemente lo extrañarán cuando la vida vertiginoza retorne con más ahínco. 

El año que se acaba al finalizar este diciembre, ha sido complejo de digerir, algunos aún no pueden y otros, lo hacemos días si y otros cuantos no. Despertar y aprender a vivir sin las cansadas rutinas de siempre, mientras el ánimo va en montaña rusa; la preocupación de tener ingresos variables que pueden llegar a cero, pero con tiempo para leer lo que no se hubiese podido leer ni descubrir, tiene su punto.

En este período no se despierta temprano para llevar a los hijos a la escuela, se intenta cumplir con el -sencillo- rol de maestro en casa, evitando mezclar funciones con las de padres; mientras, se va reescribiendo en cada salida del bunker a la compra, un riguroso método de protección en el que frecuentemente al ejecutarlo, se olvida el tapabocas y debes regresar por él.

Este año ha sido una experiencia buena pero mala, ojalá se entienda. Una etapa que ha dejado aprendizaje pero que no quieres repetir, como una asignatura complicada en la universidad que no pretendes volver cursar, mejor que venga otra distinta; como el restaurant al que deseaste ir y cuando por fin vas, encuentras una mosca justo antes de terminar tu plato, seguro podrás irte sin pagar, que bueno, pero no querrás volver para otra degustación.

Esta porquería ha dejado momentos buenos y muertes, lejanas y cercanas. Jóvenes y viejos han partido adelantadamente, y por eso cuesta decir que el dos mil veinte ha sido un gran año. Tocó además, convivir consigo mismo, sin huir en otras personas, cerca del ser, conociendo quién eres, en este complejo momento que ha dejado tiempo extra para  mucho pensar. 

Con seguridad, hay personas que no han visto lo grandioso que tiene este nuevo mundo desordenado que seguimos descubriendo, tampoco yo lo veo todos los días. Para ello, cada quien debe aprender a amar su caos, como lo explica Albert Espinosa en el Mundo Azul. También serviría formarse en la vida para estar atentos a encontrar detalles que se miran, aprovechando el tiempo, quitando atención a lo prescindible.  

El horizonte seguirá mostrándose empedrado y con baches de todas dimensiones, cuarentenas en diversas modalidades se extenderán alrededor del mundo al menos hasta 2021, por lo tanto, las condiciones en el globo no habrán cambiado mucho cuando iniciemos el siguiente calendario. Entonces, corresponderá sin saber realmente hasta cuando, seguir esquivando contagios y seguir aprendiendo. 

En algunos países irán arreglandose las rutinas, mientras en otros, no quedará mejor opción que amar al caos, tu caos, como lo describe Albert. Por eso, no estaría de más ni tampoco mal, adelantarse e inscribirse en el selecto y reservado grupo de gente que incluye y recordará al mejor año de porquería, como un top five, como mi hija que lo ha hecho y recién ha cumplido cinco años de edad.

Por Simón Peraza Lazarde
@sapl42

miércoles, 23 de septiembre de 2020

¡Usted es mi hermano!

El fanatismo por Guaco para quienes nacieron en los años ochenta debió crecer en los noventa cuando salió Archipiélago, pegando el éxito Como es tan bella.

Desde ese entonces, algunas canciones de Guaco pasarían a ser banda sonora de relaciones amorosas de mucha gente,  recuerdos de historias finalizadas y flechas en fase de conquista cuando esa otra persona compartía con gusto el género.

Seguramente la historia de Fran con la banda va por ahí, fue un fanático más que fiel, se describía como guaquero, además tuvo el plus de hacerse amigo de su ídolo Luis Fernando Borjas; a quien además intentaba interpretar vocalmente y lo lograba.

Como era insuficiente el talento musical innato de Francisco Javier, El 20 de julio de 1985 en su nacimiento, junto a él, después de convivir en la barriga de Claret, vino Juancho con un cuatro para formar esa extraña pareja de tres, cariñosamente identificados como los morochos o los gordos.

Ese travieso par que en alguna época dio algunos dolores de cabeza a su madre, encontraron desde muy jóvenes una exitosa manera de relacionarse públicamente, dándose a conocer a fuerza de amistad, serenatas tocadas y cantadas por ellos, ocurrencias y carisma, acompañado una que otra vez por -unas pocas gotas- de bebida destilada. 

En cada pausa de Juan Francisco con el cuatro estaba Fran animando con otra canción, baile o una imitación de amigas bastante natural. Las discusiones o enfados temporales entre ellos también podían ocurrir, y lo hacían saber: “¡Es que Juancho…!” o “¡Es que Fran!”…, dependiendo quien pusiese la queja, pero permanecían en el sitio, sin alterar el repertorio, sin abandonar amigos ni tragos pendientes. 

Inesperadamente Fran se ha ido físicamente, y aunque no existe buena hora para morir, una verdad ha sido que, él no se fue en buen momento. La pandemia obligó a familiares y amigos a guardar distancia, hubo menos compañía presencial para sus seres queridos y escasez de abrazos necesarios.

Para la tranquilidad de todos, vale saber que no estuvo solo en sus últimos días y aunque pareciese impensable que alguien faltase por conocerle en Margarita, hizo nuevas amistades durante la hospitalización, un hecho que para nada desentona con su comportamiento habitual de públicamente, sin temor, ni reservas decir palabras de afecto, cariño y amor a todo aquel con quien congeniara. 

Allí, en una camilla por varios días siguió siendo él y sin protesto se mantuvo contando anécdotas con los presentes, haciendo reír, atento de su esposa que le esperaba afuera, poniéndose a la orden de la gente para encontrar algún repuesto en Toyoamigo donde hacía llave con uno de sus hermanos de vida, Jesús Caraballo; en ese transcurso también respondió mensajes a todo el que supo que jorungaba su teléfono aún, y tuvo tiempo de "quejarse" porque Juancho le llamaba muy seguido para saber de él.

En la memoria ha quedado Francisco Javier como una buena persona, con 35 años mantenía la esencia de un niño sin maldad, un buen hijo, hermano de sus amigos a quienes acostumbraba llamarles usando los dos nombres, cargado de gestos nobles, un gran tío de sus sobrinos como lo demostró por años con Camila antes que María Rosa migrara y recientemente, con Fabían y Braulio, primogénitos de Pablo y Juancho, respectivamente.  

Volviendo a su vínculo con Guaco, con cada canción puede recordarse su vida, esa alegría permanente. Fran solía escarbar cada coro, estrofa o retazo pegajoso de esos temas, extrayendo las mejores partes con sus arreglos para compartirlos cantándolos. 

No requerirá esfuerzo pensarle, hizo mérito, quizás sin saberlo o tal vez si que lo sabía, así como entendía el concepto de amistad. Poco tiempo antes de su partida, le escribió a un amigo en común que se fue del país un año atrás: 

"Mijo querido, hoy te he recordado demás!!! Aunque aquí nos veíamos poco igual el sentimiento de quererte y amarte está intacto. Quizás no fuimos los mejores amigos pero siempre en mi corazón estabas como parte de mi familia. Aunque no eramos de pasarla juntos, cuando nos veíamos era demás de increíble. No te olvides que existen personas en el mundo que te quieren". 

Y como si fuesen pocas las vivencias para recordarle, donde suene el cuatro de Juancho, allí estará Fran, en la primera voz, la segunda, el coro o tarareando porque ellos seguirán siendo uno.  


"Para mi hermano querido del alma".

Francisco Javier Rojas Suárez de… † 23-08-2020

viernes, 21 de agosto de 2020

Temores

Los niños temen al coco, al perro suelto que se acerca mientras pasean, a creerse perdidos en el supermercado, a la oscuridad, y a tantas otras. Con los años, hechos adultos esos pequeños, extinguen sus temores en el olvido, descubren sus sinsentidos, pues en ocasiones no había razones.

Mantener la libertad, atesorando lugares donde se ha podido expresar abiertamente, sin perder la paz e independencia, es prioridad en el ser humano hecho adulto, incluso en países con regímenes no democráticos donde pareciese un imposible, se intenta pese a la posibilidad permanente de no ser libre.

Por años Venezuela, ese país en el que ahora, es costumbre anhelar la plenitud pasada, sufrido hoy entre calamidades, resistió al temor a ser igualado en miseria con Cuba, un temor que creció rápidamente para dejar de existir, se ha extinguido.

"Ahí vamos pareciéndonos a Cuba", decía cualquiera. De ser un chiste incrédulo, una broma que especulaba con un peligroso futuro, se convirtió en un temor formal a ser otra isla, una más regentada por totalitaristas.

Para la fecha en que se publican estas líneas, el pavor se ha ido. Así como los niños dejaron sus miedos, se ha esfumado ese temor. El plan siniestro de quienes manejan los hilos de poder se concretó, lograron asemejar a la Venezuela de posibilidades con el lastre cubano.

Venezuela y Cuba o viceversa, cada día más símiles sin importar el orden en que se observe. El sistema de una es el de la otra. El experimento importado hasta Caracas ha dado el mejor fruto, una mutación permanente que alimenta la capacidad de un sistema retrogrado para mantenerse en pie en 2020 y más allá.

Libertades cercenadas, hambre, detenciones arbitrarias, fallecidos sin atención sanitaria, corrupción, dádivas como salario, colas para adquirir productos, delincuencia, nacionales en el exilio, falta de gasolina, apagones, bodegones en divisas y pare usted de contar, son prácticas afianzadas en ambos islotes.

Ahora que son dos gotas de agua y la franquicia cubana se ha esparcido sembrando carencias entre carencias, el miedo a ser como la otra no es posible, se ha esfumado, son ya iguales.  

Así como los niños dejaron de temer al coco para temer como adultos, en Venezuela ya no se teme ser como Cuba. La supervivencia apremia arreando vidas agotadas de una población que ha anticipado su vejez, mientras sigue soñando ser libre y solo teme al olvido.

Por Simón Peraza Lazarde
@sapl42

viernes, 24 de julio de 2020

Corrupción Reloaded por @avlis1000

Las habilitaciones, los permisos, la autonomía. Una renovada forma de corrupción en tiempos de pandemia.

Corren tiempos difíciles en Venezuela: tiempos de recesión económica, de pandemia, de cuarentenas; sin gasolina, agua ni luz. Algunos con dolares otros muchos con dolores y la mayoría de la gente pasando trabajo. 

Esta situación ha obligado a la corrupción en nuestra hermosa ínsula a reinventarse (palabrita mas que baboseada en estos tiempos), renovando y potenciando viejas estrategias para seguir robando a cuanto inocente o no tan inocente se les atraviese.

Durante décadas el sector donde hice vida profesional fue inmune, o casi, a la corrupción. Eran muy pocos los casos que se veían y los farmacéuticos nos sentíamos orgullosos que las cosas funcionaran legalmente sin necesidad de coimas o amiguismos. De reojo veíamos a veces como a algunos inspectores de otros sectores o a sus jefes les regalaban botellas, comidas o un sobre por aligerar el otorgamiento de permisos o hacerse los ciegos ante violaciones de normas legales. Eran muy pocos, de sobra conocidos, muchas veces denunciados y hay que reconocer, pocas veces castigados.

Pero, parafraseando al cantor aquel ( Y en eso llego Fidel. Carlos Puebla): “Llego Maduro II y mandó a acelerar”. Desaparece el recato y la decencia, sin sonrojo alguno funcionarios de toda categoría se dedican a la caza de incautos a quien esquilmar usando las excusas de lo lento de los trámites a menos que se "habilite" previo pago en dolares. La autonomía da para todo. Jefes sinvergüenzas ¿abogados trastocados en sanitarios? exhortan públicamente a sus subordinados a salir a la calle a cerrar establecimientos o inventar sanciones que luego son levantadas previo pago, no en bolívares devaluados sino en billetes verdes con la cara empelucada de Benjamín Franklin. En las oficinas circula un tarifario de la corrupción que todos conocen y muchos aplican. Las sanciones se levantan en oficinas cerradas y pasillos oscuros lejos de la mirada de los decentes que gracias a Dios aun quedan.

Lo triste y dramático es que los que deberían protestar prefieren ver hacia otro lado, taparse las narices y uno que otro, también sobradamente conocido se convierte en gestor de la corrupción recibiendo como pago sonrisas, palmaditas e impunidad para sus desmanes.

Eso algún día se acabará estoy seguro y los que hoy abusan, corrompen y son corrompidos tendrán que rendir cuentas y ser castigados. Con esa fe me mantengo y le pido a la Virgen del Valle que algún día la justicia se imponga juzgue y castigue. También pido que nunca se vean esas acciones de robo y corrupción como algo normal en nuestra amada isla, en nuestro amado país.

Por Rafael Silva Figueroa 
@avlis1000

viernes, 10 de julio de 2020

Félix Crudele Marín: Todos pueden aprender a tocar el cuatro

Con paciencia va enseñando técnicas básicas y avanzadas para la ejecución del instrumento. Desde casa produce tutoriales que publica en su canal Solo Cuatro vía Youtube.

El instrumento prodigio nacional se ha adaptado con virtuosismo y sin importar recelos. El cuatro ha logrado cruzar las fronteras mostrando sus distintivos punteos, arpegios y nuevos sonidos que siguen al charrasqueo típico en la música tradicional venezolana.

El recorrido de tantos maestros admirados como: Freddy Reyna, Hernán Gamboa y más recientemente Jorge Glem, ha dejado infinitos aportes, afianzando el acompañamiento, la interpretación solista; y ahora, la incursión en géneros foráneos, amagando con refugiarse por el mundo. 

Tiempos de globalización y valor por el conocimiento ameritan esfuerzos por la continuidad del instrumento oriundo. Félix Crudele Marín, un curioso cuatrista y altruista de la pedagogía, interpreta como designios de esas cuerdas, afinadas en la, re, fa sostenido y si; llevar su enseñanza a cada rincón con un clic.

Con 9 años vio a Cheo Hurtado ejecutando y decidió ser músico, demostrando que nada tuvo que ver nacer el día del Músico en 1991. Arpista y vanguardista de la educación para el cuatro, apoya no encasillar al instrumento en el joropo, tema que le agobia; por ello, resolvió enseñar el arte a todo el que guste reproducir sus tutoriales en Youtube

¿Consciente de ser el maestro del cuatro con más alumnos en el mundo?

Sí, es un compromiso muy grande con tanta gente suscrita al canal. Me da felicidad pero a la vez mucha responsabilidad porque me convierte en una referencia, haciéndolo más difícil, estoy contento por eso.

Un apellido oriental y otro de…

Tengo familia margariteña, mi mamá Severina Marín es de Boca del Rio de la calle Bajo Seco. Una vez fui y tengo familia que ni se, conocí una primamenta, hijos y nietos de los hermanos de mi abuelo, todos eran primos. El folclorista Eduardo Marín es mi tío abuelo, él tocaba cuatro, mandolina y la cuereta. Mi otro apellido proviene de Italia, mi padre migró desde Europa en los años 50.       

¿Se nace para ser cuatrista o se puede aprender?

Soy partidario de la expresión: todos pueden aprender a tocar. A veces encontramos niños con talento desbordante, aprenden una canción en cinco minutos y quieren otra. Otros por el contrario, no tienen ese talento pero son constantes. Según mi experiencia, terminan siendo músicos estos últimos. Otros con mucho talento se aburren y lo dejan.

¿Cómo globalizar al cuatro?

Estamos en ese proceso. El instrumento aún está venezolanizado. Algunos cuatristas están haciendo música internacional pero el público sigue buscando el merengue, joropo, un tuyero. Cuando tocamos bolero, salsa, un rock de Los Beatles o algo de un videojuego es visto exótico, no típico. Falta ese proceso de concientización del público que ocurrirá con el pasar de los años.

¿Cómo avanza la internacionalización?

C4 trío y otros están por ahí en el extranjero haciendo trabajos como solistas. Acompañantes como Carlos Capacho han estado en Berkeley College of Music en Boston. Él desarrolló técnicas interesantes con el cuatro y su aplicación al Jazz.

Cuéntanos más de esa evolución.

Podría significar ver un solo de cuatro de Autumn Lives o Jimi Hemdrix con punteos y más cosas. Eso le ocurrió a la guitarra que fue un instrumento folclórico, español-árabe; Con ella incursionaron en el flamenco, otros en el jazz, baladas, pop. Hoy la guitarra está presente, podría decir en todos los géneros, eso le falta al cuatro para culminar el proceso.

¿Cómo llegaste al instrumento?

Tuve clases de cuatro a los 7 años con mi profesora Mercedes Lugo en el conservatorio Lino Gallardo en la Castellana, luego me dediqué a la música clásica. Cuando empecé materias como: teoría y solfeo, armonía y estética, aprendí muchas cosas en el arpa, cadencias, acordes y me dije: si esto lo puedo hacer en el arpa también en el cuatro.

¿Cómo surge la idea de Solo Cuatro en Youtube?

Bueno, cuando estudiaba no había tutoriales, sino algunos vídeos de Cheo Hurtado, de un tal Jorge Glem, pero no había vídeos ensañando. Los veía y aprendía cuadrito por cuadrito, acorde por acorde. Luego me pregunté, cuántos estarán como yo  por aprender y por equis razón no pueden pero tienen internet.

Entonces pensé que podía ayudar desde mi casa y de forma gratuita. Comencé a subir tutoriales al canal, uno a uno, pasito a pasito, explicaditos, aunque en ese momento ya había otros rudimentarios que solo decían: El ritmo de joropo es así: chi, qui, chi, chí, sin explicación.

¿Se puede subsistir económicamente monetizando vídeos de cuatro?

En estos momentos diría no, la monetización de Youtube para Venezuela es baja, la más alta del mundo la tiene España con un dólar y pico por cada mil vistas. En Venezuela es 0,3 o 0,4, no es rentable, pero no es problema porque del canal surgen iniciativas.

¿Cuáles?

Por ejemplo, tengo alumnos por Skype en diferentes países, la venta de instrumentos, patrocinios de tutoriales específicos. También he recibido instrumentos como patrocinios.

¿Alguno que destacar?

Recibí un cuatro del lutier y cuatrista japonés Yasuji D’Gucci, él vino a Venezuela y me contactó, quería dejar uno, me ofreció el cuatro celeste para utilizarlo como instrumento principal y es el que uso en mis vídeos; tiene una media luna y un diseño peculiar.

En Japón vamos bien con la internacionalización. ¿No?

Si, de hecho en la universidad de Tokio está la estudiantina Komaba. Hacen exclusivamente música venezolana con su acento y todo. “Yo tlaigo un glito llanelo”, la cantan buenísimo.

¿Creció el canal durante la pandemia?

Si, ha crecido más, he podido subir más vídeos porque tengo más tiempo libre, antes grababa los domingos y publicaba uno por semana. Ahora subo al menos tres, más una transmisión en vivo los domingos. Empecé la cuarentena con 29 mil suscriptores y he superado los 34 mil. 

Parece que hubieses estudiado docencia.

La verdad no lo estudié pero me han dicho que tengo facilidad para enseñar. Pienso es heredado, mi mamá es profesora de biología y química. Mi papá es técnico electricista en un taller mecánico y le llaman el maestro porque ha enseñado a muchos.

En el canal he recibido comentarios por la pedagogía. Yo aplico tips de maestros que me han enseñado y se me ha dado bien en el colegio Emil Friedman donde trabajo y he llevado alumnos a la Siembra del Cuatro quedando finalistas.

¿Regañas a los alumnos?

Claro que regaño a los alumnos porque me escriben que quieren aprender el pajarillo de Luis Silva, pero les pregunto si saben los acordes o el ritmo y  admiten no saberlo. Por eso siempre digo como vas a vivir el lunes, si no ha pasado viernes, sábado ni domingo.

Pronto tendrás heredero. ¿Lleva ventaja tener al profesor en casa?

Uno de mis sueños locos es tener un concierto tocando junto a Félix Matías, mi hijo; espero herede la parte musical que su mamá también tiene pero esconde. Si le gusta otra cosa también le apoyaré. 

Por Simón Peraza Lazarde
@sapl42


Publicado el 10 de Julio de 2020
   Diario Sol de Margarita