Criterio Nuestro es el blog personal de Simón Adrián Peraza Lazarde. Un poco de mucho donde participan colaboradores escribiendo opinión, investigación y demás géneros periodísticos o literarios.
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sábado, 8 de mayo de 2021

Caracas desde una plaza

 

En la capital venezolana puedes vivir mejor, sí dejas a un lado el tema económico, te abalanzas en los espacios libres que quedan y saboreas lo que tengas para comer. Sí olvidas por instantes el dinero que seguramente necesitas para sustituir el par de zapatos con suela desgastada, o las divisas que no tienes y requerirías sí decidieras ir a cenar con la familia, puedes crear momentos de calidad mientras avanzas en la ardua tarea de supervivencia nacional.

Una plaza de la capital es buen lugar para probar estar, ser y hacer; lo he hecho durante una visita extendida a la ciudad. La plaza Don Bosco en Altamira ha servido para tal experimento, tiene lo necesario para distraerse, descansar, trabajar, ejercitarse, alimentarse y curarse; allí, en ese lugar público, la mayoría coincide alrededor de una comida, el desayuno, una merienda o el único alimento del día.

Faltaba poco más de una hora para el mediodía, mi hija ansiosa veía el tobogán en la distancia, yo, en cambio, sorprendido estaba por una feria móvil de alimentos que formaban al menos veinte impecables camiones de comida alrededor de otra plaza vecina.

Caminamos hasta un banco vacío, cinco niños jugaban sobre los desgastados aparatos del pequeño parque en el centro de la plazuela, sus familiares descansaban, acompañándolos a la redonda; otros, ajenos a los infantes como una señora con cara de María, permanecía sentada con su carga, un perolero.  Ella miraba a la nada, degustaba una de las naranjas que obtuvo de un saco propio, el cual reposaba sobre un carrito de compras cargado con trastes.      

Desde el medio de esta ágora en esta época, se observa una iglesia, una panadería, otra plaza, una clínica y un kiosco, ubicándose todos alrededor, cubriendo los puntos cardinales. En el sitio, los niños corretean entre risas ocultas bajo tapabocas. Los adultos se protegen también con el bozal que amenaza permanecer como prenda de vestir por más tiempo.

Más allá, cerca de la panadería donde algunos comensales degustan cachitos, pastelitos con malta o café;  en unos aparatos metálicos amarillos, mujeres y hombres llegan graneados, turnándose para ejercitarse. Desde allí, con entusiasmo repiten sus rutinas buscando fortalecer el sistema inmune y evitar engrosar, la cifra de enfermos por coronavirus con un contagio más, colmando centros asistenciales públicos y privados, como el que divisan desde su lugar de entrenamiento.

Sentados dando la espalda a la clínica, está una familia. La madre, el abuelo y el nieto, presumo. El niño es pequeño, lo acompañan mientras sube los peldaños hasta el tobogán, desciende y al llegar al suelo, se arrastra por la tierra. La mamá en el ínterin, desempaca varios potes plásticos y los pone a su lado.

Comodidad donde sea. 📷por @sapl42
Los camiones de comida en la feria contigua aún no son visitados, el personal activo y con premura: ordena, limpia y prepara cada espacio para lo que parece un hecho inminente. Por el movimiento y el ahínco, podría intuirse llegará un tsunami de hambrientos.

María terminó de comer la naranja. Mudó sus cachivaches a otro asiento cercano que está vació y con mejor sombra. Acomoda todos sus artículos, asegura el saco con frutas a una mano de distancia, pone su carrito de almohada, se acuesta y parece dormirse. Nada le molesta, ni los niños jugando a escasos metros, ni siquiera uno que pasa muy cerca y con frecuencia en bicicleta, los pájaros le arrullan. 

Simultáneamente, en distintos puntos de esta plaza, van apareciendo y pronto aglomerándose como abejas en panal, los repartidores de distintas aplicaciones de pedidos de comida a domicilio, que han minado la ciudad al ritmo que la divisa estadounidense se normaliza como principal método de pago. A la espera de un llamado que les permita ganar entre uno y tres dólares, dependiendo de la zona de entrega; estos mandaderos se distraen jugando cartas, otros simplemente se recuestan, dejando los morrales de carga con forma cúbica, de colores: verdes, rojos y naranjas sobre el piso.

Diversión asegurada. 📷 por @sapl42
Al kiosco de la esquina llegan conocidos y ajenos. Libros o artículos usados dejan a consignación en aquel lugar donde solían vender periódicos. Quién atiende el negocio, no sabe de literatura, ni se preocupa por conocer las historias. Lo delata su ignorancia al leer, no distingue la silaba tónica en los nombres de los títulos y autores de las obras disponibles.

El dependiente que vende los libros hasta por tres dólares, tarifa que varía según el acuerdo con el propietario del texto, a veces sirve de brújula ciudadana. Varias veces al día, desconocidos se detienen a preguntar por la calidad, precios y más de los servicios de salud, que ofrecen las damas salesianas en el sótano de la iglesia Don Bosco.

Por allá, en las gastronetas se empiezan a ver posibles comensales que merodean, guiados por  los olores a puerco frito, pollo rostizado, carne a la parrilla, entre otras delicias de la comida callejera. Cada exhibición de la feria itinerante humea sobre las modernas pantallas luminosas donde se exhiben los menús. Raciones de churros a cinco dólares, hamburguesas, pepitos y shawarmas de al menos diez dólares son las módicas opciones.

Esperar, almorzar y descansar. 📷 @sapl42
La hora del almuerzo ha empezado para algunos. El niño y su abuelo, se alejan de la rueda y el subibaja para acompañar a la madre, que ya dividió la sopa en tres raciones, lo mismo hizo con un litro de jugo de pera. A un banco aledaño han llegado tres jóvenes con su entrenador desde El Ávila. Cada uno saca de sus bolsos una vianda con mucho arroz y algo más. 

Pocos repartidores han recibido pedidos. Esos que sí, guindan su morral en la espalda y se preparan para abordar sus motos, mirando el teléfono donde tienen la orden. Ahora que tengo hambre, intento convencer a mi hija de cambiar la libertad que da la naturaleza por las cuatro paredes del apartamento, allá se hará la comida para silenciar al estómago, quién ha estado haciendo llamados en crujidos. 


Por Simón Peraza Lazarde
@sapl42

domingo, 28 de febrero de 2021

La distancia social termina en el avión

En enero de 2021, cuando autorizaron de nuevo los despegues de aeronaves, diez meses habían transcurrido desde la suspensión de vuelos comerciales entre ciudades venezolanas, decisión motivada por la COVID-19. Cuarentenas “radicales”, flexibles, subidas y bajadas de ánimo, acompañaron la medida de cierre total ordenada por quienes controlan el desorden nacional hasta tanto.

Casi un año estuvo restringida la movilización con algunas excepciones que requerían, salvoconductos, pruebas, esfuerzos o contactos para poder llegar hasta otra localidad, razones suficientes para preferir después de pensarlo tantas veces, no salir de Margarita, no viajar a Caracas aún, esperando que el virus con sus incógnitas, estuviese controlado o al menos se garantizaran medidas de bioseguridad. 

En cada intento de viaje tenía presente a la Academia de Ciencias. Desde su primer informe sobre la pandemia en mayo 2020, en el que  decidí creer porque daban datos, razones y justificaciones que se extrañan de las instituciones en el país— expresaron preocupación por el virus y su posible comportamiento, fundado en las pocas cifras oficiales publicadas y la experiencia internacional. Se pronosticaban, mil casos diarios dentro de pocos meses.

El día antes de surcar el cielo desde Porlamar a Maiquetía, seis fueron las mascarillas que compré en total para mi hija y para mí. Sumé también dos potes con gel antibacterial al 70% de alcohol que no reseca la piel, se leía en la etiqueta del envase. Con eso, podría abordar sin problema, había leído durante el encierro que se requería para subir al avión, iba preparado.

Tras la imposibilidad viajar con los dos boletos con retorno, adquiridos con La Venezolana por cuarenta verdes antes de la pandemia; empecé a hacer maromas tecnológicas y económicas durante una de las primeras semanas decretadas flexibles. Conseguí comprar con Estelar por los mismos cuarenta, pero ahora sería el precio por persona y solo ida.

Hora de viajar, tenía los boletos y la tranquilidad que me había dado la campaña de seguridad y distanciamiento social a ritmo de Jerusalema, que las autoridades aeroportuarias junto a las líneas aéreas demostraron con coreografías en redes sociales. Me calmaba también pensar, que algunos asientos estarían libres.

La impresora tuvo tinta, luego de múltiples improperios contra ella, por su negativa a reproducir los tiquetes. Los imprimí previendo alguna controversia previa al embarque del día siguiente.

En letras pequeñas, allí donde nadie lee, como en los contratos de uso de aplicaciones para móviles, decía: “Los pasajeros deben estar en el aeropuerto con tres horas de anticipación”, una más de lo normal, no me pareció mal. La situación sanitaria extraordinaria lo requería, menos aglomeraciones, un  protocolo riguroso, reflexioné.

Afuera del aeropuerto una cola nos esperaba, la despedida acostumbrada con mi madre justo antes de abordar no ocurrió, cambió por un breve abrazo y un beso con tapabocas. Allí nos quedamos mi hija y yo, en una línea con gente ansiosa, maletas apiladas a lo largo, escasa comunicación, más cubre bocas bien y mal puestos. 

La señora de  cabello color tintes varios era una, llevaba la nariz al aire pero la barbilla protegida. Ella cargaba un poodle blanco en sus brazos. La detallé porque mi hija preguntó dónde viajaría el perro, le dije: "con las maletas en su jaula".

Justo tres horas antes estábamos en esa cola para ingresar al aeropuerto, media hora pasó para autorizar el ingreso, caminamos hasta el acceso donde nos midieron la temperatura y nos impregnaron con gel las manos. El termómetro marcó 35 grados centígrados cuando lo pusieron en mi brazo, en el de mi hija también, sonreí y me alegré. No teníamos fiebre, quizás otra cosa sí, esa temperatura no era normal.

No había mucha gente en las instalaciones, pocas tiendas abiertas y en el baño presumo no había agua, la escasez ha sido regla por años allí. Por eso, llevé a mi hija al baño en casa antes de salir y le administré la ingesta de líquido durante el trayecto, que continuaba en el aeródromo Santiago Mariño que sirve al estado Nueva Esparta.

Desde el mostrador de la aerolínea, la fila fue más larga, la misma gente de la entrada, ahora se separó un metro, era el espacio entre calcomanías pegadas al piso, indicando donde pararse. Una chica alta con uniforme de la aerolínea, bañaba con alcohol las manos de los pasajeros, inferí con su mirada, único rasgo del rostro visible que era guapa. Mientras mi hija estrujaba sus manos con el líquido, un grupo detrás en la cola reía con entusiasmo, no logré entender el chiste.

No necesité los pasajes impresos, mi cédula y la partida de nacimiento de mi hija fue suficiente. Indiqué que teníamos dos maletas de equipaje, una negra y otra azul, cada una con un lazo naranja, ninguna superaba los veinte kilos, la noche anterior había cargado con una mano una maleta y con la otra  a mi hija, método a falta de un peso.

En la sala de espera las pocas personas que llegaban se iban sentando con un asiento de por medio. Hice lo mismo y aproveché conectar mi teléfono al único tomacorriente que funcionaba entre seis disponibles.

De regreso a mi lugar eran menos los espacios vacíos. El jocoso grupo de la fila para obtener los tiquetes de abordaje siguió riendo, el chiste tenía relación con los 35 grados centígrados que marcó a cada uno el termómetro.

Nadie en la sala de espera intercambiaba palabras, la separación se cumplía, el distanciamiento social era un éxito, cada persona con su smartphone estuvo en su mundo. Un hombre envió mensajes de textos desde un perolito, dos chicas con caminar de modelo se retrataron para Instagram, una señora tecleo informando su hora de llegada por Whatsapp y un niño batalló en un móvil algún juego contemporáneo.  

Uso del móvil para el distanciamiento. 📷Por @sapl42

Al momento del embarque, caminamos con libertad hasta la escalera que permite entrar al avión. Sin la burbuja tecnológica creada por el teléfono y el apuro que te empuja al abordar el avión, la cercanía entre personas y las voces hombro a hombro acabaron con el silencio. Amuñuñados nos movíamos para encontrar los asientos 

Permiso, cuidado, ponga su equipaje allí, mi asiento es el 8D. Póngase el tapabocas dijo una tripulante de vuelo a la señora del poodle que respondió: "no lo uso porque estoy sofocada", así ganó otros minutos sin usar la prenda.

Sentados, ajusté nuestros cinturones mientras cada hilera se iba llenando. Para suerte nuestra quedaba un espacio libre de los tres. Tomé el teléfono, decidí registrar visual y textualmente el bululú. Una foto vertical junto con un texto que debí cambiar mientras lo escribía porque el asiento a mi izquierda se ocupó. Le envié a mi madre lo siguiente:

“El avión va repleto y llevo a un gordo al lado que me quita medio puesto. Parece un autobús. No hay posibilidades de estar distantes”.

En cincuenta minutos llegaríamos al destino, el piloto anunciaba la bitácora, la aeromoza informaba a los pasajeros el deber de apagar los aparatos electrónicos, el aire acondicionado empezaba a enfriar y un anciano dos filas delante de la nuestra, estornudaba la cantidad exacta de muchas veces, tantas como miradas cruzadas entre pasajeros preocupados.

Una dama y su marido en los asientos inmediatos al longevo aspersor de fluidos, intentaban sin éxito, huir arrimándose hasta la ventana próxima, entre tanto la mujer desesperada con una de sus manos bañaba y con la otra untaba a su esposo con el alcohol del spray.

“Papá el perro no va con las maletas, míralo”. Mi hija contenta se entretiene viendo al poodle que viaja con su dueña. Me pregunté desde cuándo viajaban los perros en cabina.

Las aeromozas no aparecieron más hasta el final del trayecto, no hubo refrigerios y el desembarque en el destino fue rápido. Por “medidas de seguridad” al bajar del avión y antes de retirar el equipaje, debimos esperar sentados por más de cuarenta minutos, en ese tiempo las maletas eran bañadas, ordenadas y dispuestas por el personal de la aerolínea para su recolección. 

Durante el tiempo de espera para marcharnos cada quien con sus cachachás, olvidamos el virus y con teléfono en mano volvimos al distanciamiento.


Por Simón Peraza Lazarde
@sapl42

viernes, 10 de julio de 2020

Félix Crudele Marín: Todos pueden aprender a tocar el cuatro

Con paciencia va enseñando técnicas básicas y avanzadas para la ejecución del instrumento. Desde casa produce tutoriales que publica en su canal Solo Cuatro vía Youtube.

El instrumento prodigio nacional se ha adaptado con virtuosismo y sin importar recelos. El cuatro ha logrado cruzar las fronteras mostrando sus distintivos punteos, arpegios y nuevos sonidos que siguen al charrasqueo típico en la música tradicional venezolana.

El recorrido de tantos maestros admirados como: Freddy Reyna, Hernán Gamboa y más recientemente Jorge Glem, ha dejado infinitos aportes, afianzando el acompañamiento, la interpretación solista; y ahora, la incursión en géneros foráneos, amagando con refugiarse por el mundo. 

Tiempos de globalización y valor por el conocimiento ameritan esfuerzos por la continuidad del instrumento oriundo. Félix Crudele Marín, un curioso cuatrista y altruista de la pedagogía, interpreta como designios de esas cuerdas, afinadas en la, re, fa sostenido y si; llevar su enseñanza a cada rincón con un clic.

Con 9 años vio a Cheo Hurtado ejecutando y decidió ser músico, demostrando que nada tuvo que ver nacer el día del Músico en 1991. Arpista y vanguardista de la educación para el cuatro, apoya no encasillar al instrumento en el joropo, tema que le agobia; por ello, resolvió enseñar el arte a todo el que guste reproducir sus tutoriales en Youtube

¿Consciente de ser el maestro del cuatro con más alumnos en el mundo?

Sí, es un compromiso muy grande con tanta gente suscrita al canal. Me da felicidad pero a la vez mucha responsabilidad porque me convierte en una referencia, haciéndolo más difícil, estoy contento por eso.

Un apellido oriental y otro de…

Tengo familia margariteña, mi mamá Severina Marín es de Boca del Rio de la calle Bajo Seco. Una vez fui y tengo familia que ni se, conocí una primamenta, hijos y nietos de los hermanos de mi abuelo, todos eran primos. El folclorista Eduardo Marín es mi tío abuelo, él tocaba cuatro, mandolina y la cuereta. Mi otro apellido proviene de Italia, mi padre migró desde Europa en los años 50.       

¿Se nace para ser cuatrista o se puede aprender?

Soy partidario de la expresión: todos pueden aprender a tocar. A veces encontramos niños con talento desbordante, aprenden una canción en cinco minutos y quieren otra. Otros por el contrario, no tienen ese talento pero son constantes. Según mi experiencia, terminan siendo músicos estos últimos. Otros con mucho talento se aburren y lo dejan.

¿Cómo globalizar al cuatro?

Estamos en ese proceso. El instrumento aún está venezolanizado. Algunos cuatristas están haciendo música internacional pero el público sigue buscando el merengue, joropo, un tuyero. Cuando tocamos bolero, salsa, un rock de Los Beatles o algo de un videojuego es visto exótico, no típico. Falta ese proceso de concientización del público que ocurrirá con el pasar de los años.

¿Cómo avanza la internacionalización?

C4 trío y otros están por ahí en el extranjero haciendo trabajos como solistas. Acompañantes como Carlos Capacho han estado en Berkeley College of Music en Boston. Él desarrolló técnicas interesantes con el cuatro y su aplicación al Jazz.

Cuéntanos más de esa evolución.

Podría significar ver un solo de cuatro de Autumn Lives o Jimi Hemdrix con punteos y más cosas. Eso le ocurrió a la guitarra que fue un instrumento folclórico, español-árabe; Con ella incursionaron en el flamenco, otros en el jazz, baladas, pop. Hoy la guitarra está presente, podría decir en todos los géneros, eso le falta al cuatro para culminar el proceso.

¿Cómo llegaste al instrumento?

Tuve clases de cuatro a los 7 años con mi profesora Mercedes Lugo en el conservatorio Lino Gallardo en la Castellana, luego me dediqué a la música clásica. Cuando empecé materias como: teoría y solfeo, armonía y estética, aprendí muchas cosas en el arpa, cadencias, acordes y me dije: si esto lo puedo hacer en el arpa también en el cuatro.

¿Cómo surge la idea de Solo Cuatro en Youtube?

Bueno, cuando estudiaba no había tutoriales, sino algunos vídeos de Cheo Hurtado, de un tal Jorge Glem, pero no había vídeos ensañando. Los veía y aprendía cuadrito por cuadrito, acorde por acorde. Luego me pregunté, cuántos estarán como yo  por aprender y por equis razón no pueden pero tienen internet.

Entonces pensé que podía ayudar desde mi casa y de forma gratuita. Comencé a subir tutoriales al canal, uno a uno, pasito a pasito, explicaditos, aunque en ese momento ya había otros rudimentarios que solo decían: El ritmo de joropo es así: chi, qui, chi, chí, sin explicación.

¿Se puede subsistir económicamente monetizando vídeos de cuatro?

En estos momentos diría no, la monetización de Youtube para Venezuela es baja, la más alta del mundo la tiene España con un dólar y pico por cada mil vistas. En Venezuela es 0,3 o 0,4, no es rentable, pero no es problema porque del canal surgen iniciativas.

¿Cuáles?

Por ejemplo, tengo alumnos por Skype en diferentes países, la venta de instrumentos, patrocinios de tutoriales específicos. También he recibido instrumentos como patrocinios.

¿Alguno que destacar?

Recibí un cuatro del lutier y cuatrista japonés Yasuji D’Gucci, él vino a Venezuela y me contactó, quería dejar uno, me ofreció el cuatro celeste para utilizarlo como instrumento principal y es el que uso en mis vídeos; tiene una media luna y un diseño peculiar.

En Japón vamos bien con la internacionalización. ¿No?

Si, de hecho en la universidad de Tokio está la estudiantina Komaba. Hacen exclusivamente música venezolana con su acento y todo. “Yo tlaigo un glito llanelo”, la cantan buenísimo.

¿Creció el canal durante la pandemia?

Si, ha crecido más, he podido subir más vídeos porque tengo más tiempo libre, antes grababa los domingos y publicaba uno por semana. Ahora subo al menos tres, más una transmisión en vivo los domingos. Empecé la cuarentena con 29 mil suscriptores y he superado los 34 mil. 

Parece que hubieses estudiado docencia.

La verdad no lo estudié pero me han dicho que tengo facilidad para enseñar. Pienso es heredado, mi mamá es profesora de biología y química. Mi papá es técnico electricista en un taller mecánico y le llaman el maestro porque ha enseñado a muchos.

En el canal he recibido comentarios por la pedagogía. Yo aplico tips de maestros que me han enseñado y se me ha dado bien en el colegio Emil Friedman donde trabajo y he llevado alumnos a la Siembra del Cuatro quedando finalistas.

¿Regañas a los alumnos?

Claro que regaño a los alumnos porque me escriben que quieren aprender el pajarillo de Luis Silva, pero les pregunto si saben los acordes o el ritmo y  admiten no saberlo. Por eso siempre digo como vas a vivir el lunes, si no ha pasado viernes, sábado ni domingo.

Pronto tendrás heredero. ¿Lleva ventaja tener al profesor en casa?

Uno de mis sueños locos es tener un concierto tocando junto a Félix Matías, mi hijo; espero herede la parte musical que su mamá también tiene pero esconde. Si le gusta otra cosa también le apoyaré. 

Por Simón Peraza Lazarde
@sapl42


Publicado el 10 de Julio de 2020
   Diario Sol de Margarita







jueves, 2 de abril de 2020

Salvoconducto, placa y más que paciencia para adquirir combustible en Margarita

Conseguir un salvoconducto de la Zona Operativa de Defensa Integral en Los Cocos, acudir a la estación de servicio el día que corresponde según placa del vehículo y hacer la cola; son parte del proceso para adquirir gasolina.

Surtir gasolina en Margarita es una hazaña, incluso para las personas que logran obtener el salvoconducto requerido por las autoridades y acuden el día correspondiente a una de las estaciones de servicio habilitadas por área de interés en la región insular.

El padecimiento de la población neoespartana para proporcionar combustible a sus vehículos inició y coincidió con las medidas acordadas por el ejecutivo nacional para contrarrestar la pandemia de Covid-19. 

Sectores agrícolas, empresariales e industriales del país también han reclamado atención de las autoridades, pidiendo mecanismos efectivos para obtener combustible que garantice la producción y el transporte de alimentos. 

Las distancias entre poblaciones en Nueva Esparta son extensas, haciendo el uso del vehículo automotor indispensable para el traslado. Por ello, la población afectada urge se corrijan las medidas.

Conductores hacen filas sin certeza de poder llenar los tanques
Cortesía Sol de Margarita 

“Trasladarse hasta Porlamar para solicitar un papel, luego esperar horas en colas para echar gasolina, amerita paciencia, esto es inaudito”, comenta Carlos Marcano mientras apunta los requisitos para obtener el salvoconduto en una hoja pegada al muro externo del comando de Los Cocos.


Carta dirigida al Vicealmirante William Bernardo Wessolosky Padilla, copia del RIF del solicitante, copia de cédula del representante de la empresa, carnet de circulación del vehículo son los recaudos para tramitar el salvoconducto.

La entrega del documento tras consignar cada exigencia no es inmediata según Wilfredo Rodríguez, socio de una empresa de alimentos, quien explica: “Dos días después de hacer mi solicitud me entregaron el salvoconduto, luego hice cola por al menos hora y media en la estación de servicio”.

La autorización expedida desde la Zona Operativa de Defensa Integral (ZODI), no es el único obstáculo para proveerse del carburante. Dante Rivas, ministro para la Pesca y la Acuicultura, y jefe político del PSUV en Nueva Esparta, informó en su cuenta Twitter: “Cada estación trabajará atendiendo sectores específicos placa y salvoconducto…”

En tuit posterior, Rivas discriminó la distribución de acuerdo al último número de la placa del vehículo: “…lunes (0-9), martes (1-8), miércoles (2-7), jueves (3-6) y viernes (4-5)…”

Por su parte, el encargado de un comercio en el municipio Mariño de nombre Roberto, obtuvo el salvoconducto pero le fue infructuoso obtener gasolina el día lunes a pesar de llegar temprano. “Me dieron las 3 de la tarde en la cola y dejaron de echar, perdí mi turno y mañana no me pondrán. Ahora, ¿Cómo hago el transporte a los empleados?”

Con más suerte corrió Leonel Gómez, residente de Antolín del Campo a quien una amiga le ayudó con el salvoconducto. “Salí de mi casa a las 4:30 de la mañana. Cuando llegué a Los Robles la cola le daba la vuelta a todo el pueblo. La gandola llegó a las 9 y pude abastecerme al mediodía”.

Las quejas por las pocas estaciones de servicio funcionando, colas y la negativa de surtir gasolina a médicos y personas que alegan sufrir enfermedades que requieren trasladarse para recibir tratamientos, son algunas otras de las denuncias recurrentes contra el sistema de distribución.

José Zabala, vecino de San Juan Bautista, comentaba la difícil situación de movilizarse desde el municipio Díaz hasta Porlamar para adquirir medicinas para la hipertensión. “Sin acceso a gasolina cerca y la obligatoriedad del permiso estamos  condenados con el coronavirus por ahí”.

Según la ZODI, las personas con afectaciones de salud deben también tramitar autorización ante su sede en Porlamar, consignando solicitud motivada más el informe médico y un número de teléfono de contacto.

Estaciones de servicio habilitadas

Los Robles: sector salud, particulares, casos especiales; San Antonio: sector agroalimentario, cisternas; Miranda: funcionarios públicos y todos los organismos de seguridad; La Restinga: transporte público y motos.


Por Simón Peraza Lazarde
@sapl42


lunes, 9 de marzo de 2020

Margariteño comparte su vida entre la biología y la música

Juan Nicolás Caraballo estudia en la Universidad Central de Venezuela. Además, ejecuta la mandolina para la estudiantina de su alma mater y en la Orquesta Típica Nacional.

Son muchas las historias de margariteños que viajaron a Caracas para cumplir la educación superior en el recinto de estudios académicos más importante del país: la Universidad Central de Venezuela (UCV).

Durante la formación, muchos de ellos combinan su tiempo de aprendizaje con el desarrollo de habilidades musicales, como el canto o la ejecución de instrumentos típicos.

Aunque no son tantos como en años atrás, por la dificultad de traslado y permanencia en la capital, insulares como Juan Nicolás Caraballo Marcano, proveniente de La Asunción, es uno de esos jóvenes que permanece fiel a su compromiso de egresar como biólogo en la UCV.

Con 22 años cursa el octavo semestre de Biología en la UCV, pero además de estudiar una carrera científica, es músico y ejecutante de la mandolina.

Caraballo comenzó con un cuatro, asistiendo a las clases donde sus padres le inscribieron desde los siete años. Al día de hoy, funge como primera mandolina de la histórica Estudiantina de la UCV.

Reconoce a la agrupación adscrita a la Dirección de Cultura de la universidad donde cursa estudios, como un lugar de aprendizaje.

"Además de mi participación en esa agrupación, también soy miembro activo de la coral de la Facultad de Ciencias", explicó.

Si bien la música vive en él, reconoce que intenta dividir su tiempo a medias para el estudio y la música.

"Es difícil, pero trato que la biología y la música sean 50 y 50".

Entre sus géneros musicales predilectos se encuentran los ritmos orientales, como valses, danzas, joropos y merengues.

En la actualidad, Juan Nicolás también pertenece a la Orquesta Típica Nacional, institución encargada de difundir la música venezolana con instrumentos típicos de cuerda en conjunto con sinfónicos.

"Hago suplencias como segunda mandolina, es otra experiencia muy gratificante", explicó.

Cada vez que regresa a la entidad insular, Caraballo acostumbra reencontrarse con sus orígenes.

"Vengo e interpreto música con la gente que solía tocar cuando estaba acá; tocar con mi ensamble, como si el tiempo no hubiese pasado".

En Caracas

"Solo cuatro margariteños conozco en la universidad, aún la gente se sorprende que estemos en Caracas", relata el mandolinista y futuro biólogo.

Con poco acento margariteño, explica que muy poco le han reconocido como ñero. "La gente en la capital cree que en Margarita todos hablamos rápido, quizás la televisión logró esa imagen. Hasta que no digo que soy de allá, ni se enteran".

Con mucha tranquilidad, Caraballo expresa el placer de ser un músico margariteño en Caracas. "Con mucho orgullo vivo mi gentilicio en la capital, lo represento".

Mandolina

Los géneros musicales del oriente de Venezuela incluyen en sus sonidos, notas y acordes que emergen de la mandolina, instrumento de cuerdas dobles. Este instrumento generalmente actúa como solista y se acompaña de cuatro, maracas y bajo, entre otros.


Por Simón Peraza Lazarde

Sol de Margarita 
Texto escrito para la edición del 05-01-2018






martes, 17 de diciembre de 2019

Javier Suárez: La caricatura suaviza lo directo pero también punza

Un artista de 30 años, diseñador gráfico egresado de Unimar. Desde 2012, utiliza lápiz y papel para llevar mensajes que invitan a la reflexión.

La libertad se expresa de muchas formas y la caricatura es una manera, aunque son pocas las personas que desarrollan el don de crearlas para mostrar la facultad del ser humano a opinar libremente.

Género periodístico que etimológicamente proviene del verbo italiano caricare que significa cargar, la caricatura muestra en dibujos a personas con rasgos exagerados, sirviendo para transmitir mensajes que estimulan la reflexión.
Javier Suárez es un joven dibujante, diseñador gráfico con recuerdos de una infancia entre caricaturas de Zapata, inspirado también por las geniales locuras de Dalí, guiado por el libre albedrío de su lápiz creativo que interpreta realidades.
Javier, conocido en redes sociales como @Javailustra, reconoce que construir mensajes en dibujos no es fácil, es todo un arte en el que deben coincidir talentos, como: la facilidad de trazado y la agudeza mental para llevar un contexto al papel.
- ¿Cómo nace cada diseño de Javier?
Yo siempre he dicho y suena extraño, parir una caricatura es difícil. Todo inicia desde que agarras el lápiz y empiezas a pensar en una idea, un concepto, hasta el momento que estás digitalizándola. Desde que la estoy llevando en lápiz muchas cosas cambian. El proceso creativo es complicado pero muy satisfactorio en el que siempre se piensa: ¿cuál será la próxima idea que se te ocurrirá?
- ¿Cuándo te reconociste como caricaturista?
En el 2012, un año bien convulso y complicado para mucha gente. A nivel político pasaron un montón de cosas en Venezuela. Creo que esas cosas fueron detonante para que dibujase todo lo que dibujo.
- ¿Hay fórmulas de inspiración?
Berro… No hay fórmula para caricaturas, simplemente aparecen genialidades, inclusive me sorprenden. Estoy dibujando en el papel y de pronto aparece algo. También viendo a la gente. Sales a la calle, vas a la panadería y regresas con una caricatura, me ha pasado.
Hay semanas en las que puedo sacar dos caricaturas como puedo pasar meses, depende de cómo me sienta, el entorno también se refleja en el trabajo. Últimamente, he estado activo porque han ocurrido bastantes cosas.
- Entonces Venezuela aporta su cuota a la inspiración.
Si, lo increíble es que puedes ver a muchos ilustradores venezolanos apuntando hacía el mismo lugar, unos con fotomontajes otros con ilustración, muchas ideas pueden ser parecidas pero igual sorprende,  nunca hay dos trabajos iguales, jamás.
- Temas predilectos para llevar al papel.
La política es la que más exploto pero he tratado de embaular en el dibujo a los temas sociales, creo que son importantes. No podemos esperar cambien las cosas para nosotros mejorar, tenemos que mejorar para que las cosas cambien, por eso el enfoque a la gente, para que vean, aprendan, entiendan con caricaturas.
- Comentas que intentas enfocar tu trabajo en el área social. ¿Experiencias?
Para mí el tema cáncer es importante. Mi mamá es sobreviviente. Desde que fue diagnosticada, parte de mi tiempo lo he abocado para hacer ilustraciones en pro de la lucha contra esa enfermedad. El 19 de octubre, Día Mundial  Contra el Cáncer de Mama, dibujé un cangrejo atravesado por un lápiz. Mi madre me recuerda las fechas, tengo compromiso con esa causa.
- Otra incursión de @Javailustra.
Apoyo el talento venezolano, en deporte he hecho trabajos de José Altuve, Tomás Rincón, Salomón Rondón. También genero contenido para drenar, para limpiar las auras. [Dice riendo]
Además, utilizo otras técnicas, como: el Flat design. Por cierto, con esa elaboré una serie de 12 próceres venezolanos.
- Sentimientos margariteños.
Por supuesto, hace poco hice una ilustración de la Virgen del Valle que gustó mucho, fue muy sencilla pero era perfecta, era ella.
- Para ti, ¿Qué es una caricatura?
La caricatura es suavizar lo directo, lo que es crudo pero a la vez punza, te lo voy a decir bonito pero agarra tu empujón. Hay gente que no le gusta mucho, les molesta. A veces me aman, otro día me despierto y me odian por una caricatura.
- Algún elemento que no puede faltar en una caricatura.
Yo aprendí de Zapata, Fonseca y Panchito que lo importante en tu trabajo como caricaturista es la vigencia. Hace unos años en la Feria del Libro que se celebraba en Margarita, exhibieron una muestra de ilustraciones de Pedro León Zapata, habían ilustraciones de varias décadas atrás, todas al día y país de hoy.
¿Cuál es tu estilo?
Yo soy old school, lápiz y papel, después me voy a la computadora pero lo que hago es mínimo. Puedo tardar dos horas haciendo un dibujo, media hora más para montarlo y sale, calentito, para la calle.

- ¿Caricaturas y religión puede ser un cóctel peligroso?
Opinar a través del dibujo es importante. Quien tiene capacidad y habilidad puede hacerlo, pero hay cosas que respetar. La política a veces es sucia y eso se aprovecha para decir cosas, toma tu dibujo; pero la religión es más delicada, sus seguidores están dispuestos a inmolarse. 
El tipo que entró a Charlie Hebdo no recuerdo a cuantos periodistas mató, 4 o 5 editores, ilustradores. No justifico hayan matado absolutamente a alguien, pero digamos que hay gente más susceptible.
- ¿Han dejado de quererte por un dibujo?
Con una caricatura bajé 50 seguidores en menos un minuto. Alguien me dijo: “Esos que se fueron no los necesitas”. Uno que se fue me anunció: “hasta hoy te sigo”; yo le dije: Espero vuelvas, ojalá vuelvas.
- Rayma tuvo que salir del país por modificar la firma del fallecido Hugo Chávez en uno de sus dibujos.
Esa ha sido una de las caricaturas más duras que he visto. Evidencia intelecto, inventiva. Pone a pensar: ¿Cómo llegaría a esa idea? Yo, que soy ilustrador y caricaturista, no lo sé. Rayma es una maestra. Hay que estudiarla como a Pedro León Zapata que trabajó hasta su último día en vida. Admiró mucho también a Roberto Weil, me parece maravilloso como artista, como pintor.
- Algún otro artista que admires.
Salvador Dalí me ha gustado desde que lo empecé a estudiar en la universidad, por lo que me reflejaba en sus trabajos y entrevistas. Me parece que estaba loco pero como artista era maravilloso. No veremos otro como él en mil años.
- Un nuevo rumor que anuncia el final de Los Simpson.

Matt Groening su ilustrador, siempre se supera, cada vez que puede en cuanto a ilustraciones, conceptos, en cuanto a la locura que plasma y vemos en pantalla. Que se vaya a acabar Los Simpson, tengo tiempo escuchando eso, además que es una serie que trae siempre predicciones, como la de Trump siendo presidente.

- ¿Los caricaturistas comparten la locura que atribuyes a Dalí?

Mi mamá y mi papá dicen que estoy loco. Ellos saben el hijo loco que tienen.



Simón Peraza Lazarde
@sapl42


lunes, 29 de abril de 2019

Nella Rojas es una joya vocal musical de Nueva Esparta que canta para el mundo

Esta bella trovadora de sutil voz originaria de la isla de Margarita vive actualmente en Nueva York. Durante el primer trimestre presentará su sencillo "Me llaman Nella", compuesto por su productor Javier Limón. Su producción discográfica estará influenciada por la música andaluza.

Una voz femenina dulce que no requiere acompañamiento de instrumentos para hacerse notar, despertó en redes sociales un apocalipsis de halagos.
Marianela Rojas, oriunda de Margarita y artísticamente conocida como Nella, es la responsable de la melodiosa interpretación del merengue venezolano "La Negra Atilia" que a capella desencadenó euforia latinoamericana.
Sus primeros pasos en la música en la escuela no resaltaron entre compañeros. Fue con el tiempo y después de largas horas en su cuarto cantando al llegar del colegio, que la música dejó de ser solo pasión para convertirse en "necesidad".
"Era como tener un juguete nuevo, llegaba y me encerraba a cantar, eran las 10 de la noche y todavía estaba con el uniforme, mi madre tocaba la puerta para avisarme: es hora de bañarse", relata con exactitud la virtuosa cantante margariteña.
Conversar con Nella evidencia que desde muy joven tenía en su norte cantar. Influenciada por la música anglo, disfrutaba interpretando temas de Christina Aguilera y Mariah Carey. "Esas tardes cantando temas de esas divas, eran cátedras a mí misma", rememora.
Recuerda que todo cambió después de una audición para un acto del Día de las Madres. "Mucha gente confirmó que mi voz era diferente y anuncié a mis padres, quiero estudiar música".
Universidad
Aún con angustia describe su aspiración de ingresar a una universidad para estudiar lo que ama, la música. "Creo que el terror era porque veía los estudios de música para genios", comenta la intérprete.
Egresada de la universidad más importante en materia musical en los Estados Unidos, Berklee, en Boston, casa de estudios donde pudo titularse doblemente, en Performance, la voz como instrumento; y en Composición Contemporánea y Producción.
Su camino hasta la universidad no fue fácil: sus padres pudieron pagarle solo el primer semestre y posteriormente aplicó para obtener becas que le permitieron terminar su carrera.
Géneros
Cuando llegó a Nueva York quería cantar jazz y pop, pero la competencia era amplia. "Al llegar me encuentro con todas esas mujeres y hombres que nacieron con esa música y dije: 'tengo que diferenciarme'", relató.
Nella reconoce que no estaba cómoda cantando música venezolana pero, "¡qué cosas!, la canción que me da a conocer es 'La Negra Atilia', original para mandolina y que la enseñó un músico extranjero", detalla la suerte que trajo su gentilicio.
La Gran Manzana
Son muchos los músicos venezolanos que triunfan actualmente en Nueva York y el camino de Nella apenas comienza. Revela, en relación a la ciudad, que "es increíble pero como te da, te quita".
Jorge Glem, César Orozco, MV Caldera, entre otros, han destacado gracias a la movida de Guataca. Todos son evidencias de venezolanos que Nella reconoce han encontrado su lugar en la ciudad que nunca duerme.
"Mucha gente viene a hacer música y se hace complejo. No todas las historias son exitosas, amigos de la universidad han dormido en un sofá, sin dinero para pagar la renta", explica Rojas, quien agrega que dudó varios años sobre partir hasta Nueva York.
Receta
Sin miedo, Nella Rojas se atreve a develar a jóvenes y niños la fórmula para alcanzar el éxito.
"Creer en ti mismo, enfocarse en lo que quieres, inclusive escribirlo: dónde te ves, en mi caso en qué tarima te ves, con quién quiero cantar. Todo luego se va alineando, cuando es para ti y luchas, no hay obstáculos".
Nella utiliza el piano para componer, pero aún recibe clases hasta poder acompañarse en presentaciones.
De la percusión ha aprendido lo necesario para mejorar la sincronización, mucho de ello con su grupo Sudacas, de voz y bajo.
El cuatro lo toca muy poco pero está en su lista por estudiar y practicar.
Planes
Influenciada por su productor Javier Limón, originario de España, la primera producción discográfica de Nella llegará a mediados de año con temas muy cercanos a la onda flamenca. "Me enamoré de la interpretación de cantores españoles, específicamente de Andalucía", explica en relación su próximo trabajo.
Durante el primer trimestre de 2018, estrenará el sencillo titulado "Me llaman Nella", del que podrán disfrutar un adelanto en la edición web de esta publicación.

Por Simón Peraza Lazarde
Sol de Margarita 
Texto escrito para la edición del 14-01-2018

viernes, 26 de abril de 2019

Jonás y Víctor: Una vida en el béisbol formando peloteros


Unas cuantas generaciones han aprendido a jugar pelota bajo la tutela de este par de instructores. Con dedicación, siguen enseñando a respetar, fildear, batear y pichar.

Un campo de beisbol bajo el sol de una tarde, puede significar muchas memorias para cualquier venezolano. Un hit, un doble play, una buena atrapada, un jonrón, un ponche tirándole, seguramente un buen recuerdo de infancia.

Apreciar el diamante y lo que implica tendrá más sentido dependiendo del ojo que lo perciba. Por ejemplo, para los niños que acuden a la Escuela de Beisbol de La Asunción, es un parque donde aprendes divirtiéndote y haces amigos. Para sus padres que les acompañan o dejan en la práctica deportiva, un breve y merecido descanso.

Victor Luna lanza la pelota a los niños. 
En cambio, los entrenadores de esos niños tienen una percepción distinta. Al menos es el caso de: Víctor Luna y Jonas Quijada, que tienen más de tres décadas formando niños en el beisbol y ven el terreno como su oficina, el trabajo perfecto al que hace alusión la frase atribuida a Confucio: Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”.

La práctica de hoy no ha finalizado, el equipo de los niños que batean debe ir a cubrir el terreno y viceversa. Desde lejos un pequeño grita: ¡Víctor! ¡Víctor Luna! ¿Qué posición me toca?, mientras el entrenador le coloca el zapato y amarra los cordones a otro niño que corriendo había perdido el calzado.

En una cancha contigua, está Jonas. Él está con otro grupo que apenas aprende a utilizar guantes, lanzándoles pelotas de tenis. Cada vez que lo hace, se dirige a ellos por el nombre de pila y les anima a agarrarla: ¡Qué buena atrapada! ¡Bien hecho!

Todas las semanas, acude Víctor en bicicleta desde su hogar para atender a los pequeños, que con mucho cariño lo distinguen como un buen amigo, papá e incluso abuelo. “Todos me respetan familia. Aunque ahora hay muchos hiperactivos, que agarran la piedrita, la lanzan”, comenta con una sonrisa Luna.

Irrespetar a Luna sería una contradicción, se dirige a todos iniciando o concluyendo frases con la palabra familia, amable trato que usa sin distinción. “Familia, para los tremendos tenemos solución, cuando se pelean, los pongo agarraditos de mano. Sigo la práctica, cuando se fastidian los incorporo de nuevo”, detalla.

Los niños se preparan para correr las bases.
En relación a los cambios en el entrenamiento con chicos, explica Jonás que “actualmente en las categorías inferiores utilizamos pelotas de tenis, con eso evitamos lesiones y traumas. Siempre recordamos el caso de un niño alto que fue incorporado a un equipo avanzado y recibió un pelotazo con Wilson o Tamanaco. Bueno, ese niño no jugó más”.

Asimismo, narra que el aprendizaje es un proceso de transformación que significa dominar la pelota. “Cuando lo hacen, empezamos a entrenar con la pelota de Kenko, una goma maciza, que también pega duro pero menos que la de cuero”.

Víctor Luna también lo entiende así y reconoce que la mayor dificultad de los chicos al aprender beisbol, es: “Quechar,  usar el guante. Ese es el primer toque que deben aprender cuando ingresan que llegan de cero”. 

Complementa Jonás diciendo, que los infantes de ahora aprenden mucho más rápido. “No sé, si son los videojuegos o videos, pero lo hacen e imitan a jugadores profesionales. Quizás por eso ahora maduran antes, por ejemplo, los profesionales a los 25 están en su punto y a los 35 están para el retiro”.

Ambos entrenadores, no saben a ciencia cierta cuantos jóvenes han educado en valores y beisbol desde el año 1985, fecha aproximada en que iniciaron en el conocido Inam de La Asunción, pero Jonás da una idea: “En octubre pasado empecé con un grupo de tres integrantes, y ahora, seis meses después son treinta”.
Saludo al culminar la práctica.

Pasan los años, generaciones de niños siguen aprendiendo de pelota con Jonás y Víctor. Antiguos alumnos, les confían la enseñanza de sus hijos, es el caso de Alfredo Medina  que comenta: “Ellos son los que saben, yo aprendí con este dúo por allá en los ochenta”.

De igual forma, son muchos los alumnos que han emulado el trabajo de entrenador y se encargan de algunas categorías, como Jonathan López, un joven monitor que aprendió las artimañas del deporte en el mismo campo donde hoy prepara peloteros.
  
Galardones

Innumerables trofeos han obtenido este par de instructores de beisbol de La Asunción.  Víctor asegura que son más de 19 dianas. “La mayoría de los equipos que entreno están primeros o segundos”, dice. Por su parte, Jonás destaca del palmarés, los nueve títulos obtenidos en la Liga Mariño en categoría Semillita y los nueve campeonatos interligas.

Experiencia

Víctor Luna: “Me siento satisfecho, orgulloso de trabajar con estos niños por 34 años. Este trabajo me da salud y muchos campeonatos”.
Jonás Quijada: “Los niños que juegan béisbol terminan siendo mejores ciudadanos”.


Por Simón Peraza Lazarde
Sol de Margarita 
Texto escrito para la edición del 26-04-2019